La clase en Carabobo: Negro Primero

La historia oficial nos impuso la figura de un Negro Primero obediente que fue a pedirle permiso al jefe para morirse, y nos ha ocultado una parte importante de su historia. Los 200 años de Carabobo son el escenario ideal para intentar rescatar del olvido sus facetas

Por José Roberto Duque@DuqueJRoberto / Ilustración Erasmo Sánchez

Pedro Camejo, el Negro Primero, fue uno de los hombres que acompañaron a José Tomás Boves en algunas de sus más insólitas victorias o masacres. Muchos avatares, injusticias y buenos o malos cálculos evitaron que el hombre se uniera temprano a la causa de la Independencia. Probablemente el hombre no estaba preparado para defender esa causa (que, por cierto, no conocía, así como muchos venezolanos no conocen las causas de hoy y del futuro), aunque casi todo indica que la causa o sus jefes tampoco estaban preparados para el factor Negro Primero: en las dos primeras repúblicas el pueblo desbordaba en todo sentido a esos jefes, en su mayoría mantuanos y esclavistas.

De la autobiografía de José Antonio Páez, quien lo capta hacia 1815 después de muerto Boves, puede extraerse el mejor retrato hablado o escrito que existe sobre Camejo. Una clave, seguramente incompleta e incluso injusta, puede resumirse así: para aquella gente en rebelión, que regresó huérfana al llano cuando matan en Urica a Boves, daba lo mismo qué bandera defendía su jefe, porque su primitiva conciencia o falta de ella sólo le movía a arrebatarle al poderoso lo que por 300 años se le había arrebatado a ella. El “trabajo” de los conductores de la emancipación fue explicarles a los antiguos esclavos y sirvientes que su liberación y la de la patria debían ser simultáneas. Que para el disfrute de su libertad el pueblo necesitaba tener un territorio donde ejercerla.

Cuenta José Antonio Páez que debió imponerles a aquellos guerreros natos su autoridad y una dura disciplina, porque no se limitaban a ganar batallas, sino que se aplicaban al saqueo y el despedazamiento de lo existente: aquellos tipos no eran soldados entrenados, sino malandros furiosos.

Malandro y maestro de Bolívar

Así refiere Páez su encuentro con aquel formidable hombre de pelea, nativo de San Juan de Payara:

“Cuando yo bajé a Achaguas después de la acción de El Yagual, se me presentó este negro, que mis soldados de Apure me aconsejaron incorporase al Ejército, pues les constaba a ellos que era hombre de gran valor y sobre todo muy buena lanza. Su robusta constitución me lo recomendaba mucho, y a poco de hablar con él, advertí que poseía la candidez del hombre en su estado primitivo y uno de esos caracteres simpáticos que se atraen bien pronto el afecto de los que los tratan (…) había sido esclavo del propietario vecino del Apure, don Vicente Alfonso, quien le había puesto al servicio del rey porque el carácter del negro, sobrado celoso de su dignidad, le inspiraba algunos temores.

Después de la acción de Araure quedó tan disgustado del servicio militar que se fue al Apure, y allí permaneció oculto algún tiempo hasta que vino a presentárseme, como he dicho, después de la función de El Yagual.

Admítile en mis filas y siempre a mi lado fue para mí preciosa adquisición. Tales pruebas de valor dio en todos los reñidos encuentros que tuvimos con el enemigo, que sus mismos compañeros le dieron el título del Negro Primero. Estos se divertían mucho con él y sus chistes naturales y observaciones sobre todos los hechos que veía o había presenciado, mantenían la alegría de sus compañeros que siempre le buscaban para darle materia de conversación”.

Así que, por sobre todas las cosas, e incluso antes que soldado o combatiente, era eficiente comunicador, cuentacuentos. Con el tiempo, Páez y Bolívar se enorgullecían y felicitaban de hacerse acompañar por este joven, que no sólo resolvía situaciones con la caballería en el campo de batalla, sino que además les amenizaba las largas marchas con sus relatos y exposiciones.

Y que conste: aquellas charlas, que para sus iguales seguramente eran relatos y chistes macabros para el entretenimiento salvaje y atroz, sobre asuntos que ya todos los hombres del pueblo conocían, para Bolívar cumplían otra función: al escucharlo y relacionarse con él, el Libertador estaba escuchando y aprendiendo cosas que le estaban vedadas a los de su clase, a los ricos, a los amos y propietarios. Así narra Páez el encuentro de El Negro con Bolívar:

“Sabiendo que Bolívar debía venir a reunirse conmigo en el Apure, recomendó a todos muy vivamente que no fueran a decirle que él había servido en el Ejército realista. Semejante recomendación bastó para que a su llegada le hablaran a Bolívar de El Negro, con gran entusiasmo, refiriéndole el empeño que tenía en que no supiera que él había estado al servicio del rey. Así, pues, cuando Bolívar le vio por primera vez, se le acercó con mucho afecto, y después de congratularse con él por su valor le dijo:

—¿Pero qué le movió a usted a servir en las filas de nuestros enemigos?

Miró El Negro a los circunstantes como si quisiera enrostrarles la indiscreción que habían cometido, y dijo después:

—Señor, la codicia.

—¿Cómo así? —preguntó Bolívar.

—Yo había notado —continuó El Negro— que todo el mundo iba a la guerra sin camisa y sin una peseta y volvía después vestido con un uniforme muy bonito y con dinero en el bolsillo. Entonces yo quise ir también a buscar fortuna y más que nada a conseguir tres aperos de plata, uno para el negro Mindola, otro para Juan Rafael y otro para mí. La primera batalla que tuvimos con los patriotas fue la de Araure: ellos tenían más de mil hombres, como yo se lo decía a mi compadre José Félix; nosotros teníamos mucha más gente y yo gritaba que me diesen cualquier arma con que pelear, porque yo estaba seguro de que nosotros íbamos a vencer. Cuando creí que se había acabado la pelea, me apeé de mi caballo y fui a quitarle una casaca muy bonita a un blanco que estaba tendido y muerto en el suelo. En ese momento vino el comandante gritando ‘A caballo’. ¿Cómo es eso, dije yo, pues no se acabó esta guerra? Acabarse, nada de eso: venía tanta gente que parecía una zamurada (…) Deseaba que fuéramos a tomar paces. No hubo más remedio que huir, yo eché a correr en mi mula, pero el maldito animal se me cansó y tuve que coger monte a pie”.

Y al rato, otra confesión:

“—Dicen que usted mataba las vacas que no le pertenecían —le dijo Bolívar.

—Por supuesto —replicó El Negro—, y si no, ¿qué comía? En fin vino el mayordomo (Páez) y nos enseñó lo que era la patria y que la diablocracia no era ninguna cosa mala, y desde entonces yo estoy sirviendo a los patriotas”.

En el año del Bicentenario de Carabobo, batalla donde encuentra la muerte, haríamos bien en comenzar a homenajearlo, más allá del seguramente falso “vengo a despedirme porque estoy muerto”. Pedro Camejo es el pueblo combatiente en su más alta expresión.

ÉPALE 398