La cultura y las efemérides

Por Rodolfo Porras / Ilustración Erasmo Sánchez

Cuando nuestro proceso histórico se inició, la memoria colectiva registrada en cantos, dibujos en piedras, ritos, cuentos, vestimenta, casas, expresó que el tiempo era circular, por ende, eterno e indetenible. Lo que había servido para vivir en cuerpo y espíritu para nuestros antiguos ancestros, servía para nosotros y serviría para nuestros hijos. La manera de construir, sembrar, de sanar, era la misma porque venía de una relación armónica con la tierra, la muerte, el sol y la vida.

La llegada de nuestros ancestros invasores les arrebató a nuestros ancestros aborígenes sus dioses, su idioma, sus formas de relacionarse con el planeta. Poco a poco los invasores fueron exterminando a los aborígenes, hasta que un ínfimo porcentaje quedó confinado en unos pocos rincones. El resto fue asesinado o se integró a la raza cósmica que se estaba formando, gracias a la incorporación forzada de nuestros ancestros africanos. Pero el tiempo ya no regresaba, sino que seguía lineal hasta vaya usted a saber dónde, hasta vaya usted a saber cuándo.

En esa línea en fuga hemos sido tantos y tan diversos que nos costó sangre, proclamas, batallas heroicas en campos sagrados y combates sexuales con tendencia al arcoíris, hasta aprender a vivir en ese caos luminoso que somos… a entender que caos y desorden no son sinónimos sino en las mentes de Aristóteles y Descartes, pero que en Simón Rodríguez, Bolívar, Asturias, Vasconcelos, ese caos es una conjunción, un orden cósmico superior.

La memoria, nuestra memoria, no es ni debe ser lineal, nuestros ancestros precolombinos así nos lo reclaman. Los 365 días en los que nuestro planeta le da la vuelta a la naranja no es el único ciclo con el que contamos para abordar nuestra realidad. Nuestros ciclos pueden durar 28 días como en ciertos cuerpos femeninos. Pueden durar mientras llegue el dinero del “mundo libre” para seguir creando planes, mesas, grupos, destrucción con la consigna permanente de “esta vez sí”. O nuestros ciclos pueden aludir a períodos de inspiración poética, pictórica o teatral, que pasa por algún contacto inusitado con la vida haciendo de las suyas en cualquier calle. Un ciclo puede ser mirar a unos ojos que te miran enamorados, apartar la vista y volver a ellos. O un golpe de memoria que no se genera a causa de un cumple años sino de una imagen. Por eso, en Nuestra América, la gestión cultural no debe medirse, ni planearse, ni presupuestarse sobre un calendario de fechas históricas desplegado en una mesa. El resultado es que nuestras fechas y fiestas patrias se vuelven gestión político-administrativa y agujeros negros que se tragan aquellos instantes en los que la memoria y la cotidianidad hacen coro para decirnos amorosamente quienes somos.

ÉPALE 411

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