La disputa de sentidos “El habla”

Por Aracelis García Reyes • @aragar1 / Fotografía Freddy Hernández • @herblaf

El lenguaje es una creación complejísima que expresa y sistematiza experiencias colectivas milenarias, con todos sus contenidos y matices.
Esteban Emilio Mosonyi

La obediencia es clave en la relación entre un perro y su dueño, entre un amo y su esclavo. Mediante la práctica de la obediencia hemos sido sometidos a esclavitud y despojados de nuestra lengua, cultura, espiritualidad, del cúmulo de conocimiento con el que fuimos libres, la sabiduría con la que nos comunicábamos con otros seres vivos que habitan este planeta y quién sabe si fuera de él. La sabiduría del ser nos fue negada, y la estigmatización de nuestras prácticas y modos de hacer aún persisten. Las palabras “mal dichas” y la manera cantada de nuestro hablar es parte de una resistencia con la que contrariamos el orden que se nos impuso desde 1492 a la fecha.

“Se habla caraqueño”

El lenguaje hablado o escrito representa una de las formas de comunicación que nos une y conforma nuestra identidad. Eso que nos hace de un lugar y de unos códigos con los que trasmitimos y desciframos información. Esa forma tan nuestra de decirnos y que en las ciudades se vale de un acumulado que se teje a partir de varias matrices culturales. En Caracas, por ejemplo, es normal escuchar entre ruidos de cornetas: el Cham@, pana, panita, broder, camarada, compai, comai, compa, herman@, amig@, chic@, parce, costilla, madre, papi, convive, el mío, cucha, bacano, pelao, menor, barón, gall@, jevita, tip@, maric@, calidad…, todas expresiones que funcionan en la ciudad para nombrar a alguien querido o con el que buscamos proximidad. Sustantivos que alimentan el palabrerío caraqueño y con el que Caracas se convierte en una ciudad con lenguaje propio. A estás que identifican el sujeto le sumamos otras tantas que denotan nuestro estado de ánimo: Que depinga, na guará, vacié, coño, cdm, que bolas, cónchale, mmg, arrechísimo, fino, mardición, brutal, na’ guará, que molleja, burda, bajarle dos, tripeo, chévere, heavy, ladilla, entre otras.

La disputa no es por hablar bien o mal, la disputa es por movernos con unos códigos del lenguaje que la hegemonía rechaza porque no entiende, porque le es imposible descifrar lo que subyace en el apretón de manos que va acompañado de un “épale compa”. Un lenguaje que interpela constantemente a la Real Academia y que coloca en el recurso discursivo, un territorio de identidades que moviliza y convoca.

ÉPALE 471