La esclavitud de los planes vacacionales

Por María Eugenia Acero Colomine • @mariacolomine / Ilustración Erasmo Sánchez

Llega julio, y con este mes empieza de nuevo la angustia de los padres: los chamos ya no tendrán clases. La rutina idílica de mandar a los hijos a la escuela, y poder disponer de unas horas para vivir la vida de adulto se trastoca por un par de meses que se convierten en siglos. Tener a los niños en la casa se transforma en un suplicio: hay que entretenerlos, sacarlos a pasear, y mantenerlos ocupados para que no destruyan la casa. A veces pasa que nosotros no tenemos vacaciones y no sabemos con quién dejarlos, y empezamos a correr a casa de los abuelos, tíos y afines que puedan vigilarlos por un rato.

La panacea de los padres

No sabemos a quién se le ocurrió la genial idea, pero desde hace unos treinta años aproximadamente, empezaron a surgir alternativas de entretenimiento para los niños que garantizan unas horas de paz, mientras los más pequeños se divierten paseando, jugando o aprendiendo nuevas habilidades.

Esta oferta ha tenido tanto éxito, que paulatinamente se ha venido convirtiendo en una especie de obligación a la que los niños entran porque sí. Así, un pequeño pasa de madrugar todos los días para ir al colegio a tener que levantarse temprano para ir al bendito plan vacacional.

Existen planes vacacionales de todos los colores y tamaños: desde alternativas muy modestas ofrecidas por la misma escuela o vecinos de la comunidad, hasta campamentos VIP que cuestan miles de dólares, y que proporcionan aventuras al estilo Indiana Jones.

Con los planes vacacionales, los niños tienen la oportunidad de divertirse por una, dos o varias semanas, mientras comparten con otros niños de su edad. Por otra parte, los padres ocupados pueden seguir atendiendo sus obligaciones sin abandonar a sus hijos.

¿Entretenimiento o abandono?

La oferta de facilitarles la crianza a los padres es realmente tentadora, especialmente en estos tiempos asediados por la maquinaria capitalista come hombres que absorbe el tiempo y las almas. El problema que no vemos detrás de tanta belleza vacacional, es que sin darnos cuenta estamos dejando de disfrutar de nuestros hijos. La crianza se la estamos delegando a un montón de extraños, y al soltarles la rienda a nuestros chamos, nos perdemos los desafíos y maravillas de verlos crecer. Esta reflexión nos invita a pensar un poco mejor si vale la pena ser parte del gran negocio de estos planes, o si a veces, es mejor hacer un esfuerzo y garantizarnos tiempo de calidad en familia para construir recuerdos memorables.

ÉPALE 469