La estructura de la pieza teatral

Por Rodolfo Porras / Ilustración Erasmo Sánchez

Hay leyes que por más que se quiera, no se pueden saltar. Digamos, por ejemplo, la ley de gravedad, porque hasta lo que vuela lo hace gracias a los principios de esta ley.

En la escritura de la pieza teatral hay leyes que hasta el más anticonvencional de los dramaturgos no se puede saltar. Como, por ejemplo, lo que se escribe tiene que ir dirigido a un público o tiene que haber unas acciones para llevar a escena.

Toda dramaturgia, cuyo propósito no sea desdecir de todo lo escrito y llevado a escena en los últimos dos mil quinientos años, obedece, además de a las leyes ya mencionadas, a otras como la estructura en tres actos. Aunque el autor sostenga que su pieza es de uno, dos, siete o doce actos, la verdad irrebatible es que su historia está compuesta por un inicio que es el primer acto estructural, un desarrollo que es el segundo acto y un final, que es el tercer acto. Otro elemento ineludible es la presencia de dos fuerzas que se oponen. El resultado del conflicto que esta oposición genera implica la caída del telón final y los aplausos del público.

Una sentencia luminosa del gran Perogrullo, afirma que el teatro es una metáfora de la vida. Viniendo de él no nos queda duda de lo acertado de la misma. Este carácter metafórico va más allá de las historias y anécdotas que se suceden en escena, también tiene que ver con el funcionamiento del andamiaje vital. “La ley del más fuerte”, “la supervivencia del más apto” y otras darwinianas por el estilo, que a pesar de lo refutable que puedan llegar a ser, dan cuenta de estructuras y dinámicas que operan sobre la voluntad o resolución de un individuo o una especie. Si un tigre decidiese no comerse al venado que está a su alcance, podría pasar una semana más sin comer, pero esa decisión no pasa por el tigre sino por el instinto de supervivencia, que funciona como una ley tanto para el tigre como para el venado, que tampoco puede decidir suicidarse y esperar el zarpazo. Entonces, el instinto opera como fuerza o causa mayor, en latín vis maior que, como explica la academia: es un hecho que no se puede evitar y tampoco prever.

La razón de Estado se comporta más o menos como el instinto de conservación, se supone que se aplica por causa mayor, así nos topemos con razones de Estado que ni comprendemos, ni podemos prever y sobre la cuál no tenemos acceso a explicaciones. Como por qué Guaidó, robó, no huyó y no lo atraparon. ¡Bueno! No sólo robó (millones de dólares) sino que desobedeció órdenes del Tribunal Supremo de Justicia, gestionó la quiebra del país, provocó muertes, usurpó y usurpa cargos y sirvió de puente para que otros países nos robaran inmensas cantidades de dinero.

En la escritura teatral, saltarse leyes estructurales, aunque sea por vis maior deja como saldo una pieza incomprensible, fastidiosa o simplemente incoherente. En todos los casos, se paga con una mala taquilla y con críticas nefastas.

ÉPALE 405