La luna de los enamorados

Por Marlon Zambrano • @marlonzambrano / Ilustración Astrid Arnaude • @loloentinta

Peligra la luna. La ambición de conquistar y poblar el satélite terrestre nos pone ante el dilema de una nueva devastación, esta vez desde ese recóndito rincón vinculado con las más preciadas fantasías de la civilización humana.

El hombre siempre ha visto a la luna con fascinación infantil. No es para menos. Ha estado allí siempre, desde que la especie adquirió conciencia de su capacidad de doblegar a la naturaleza, y ha permanecido para recrearnos en sus extensísimas posibilidades, bien como Dios celeste, bien como misterio indomable, bien como motivo de inspiración y mejor aún, como madre de todas las mareas, de todos los locos y de todos los enamorados.

Desde que nos hicimos civilización, la luna nos brindó sus oscilaciones para que le diéramos ritmo a nuestros ciclos. El tiempo de la siembra, de la cosecha, de la vendimia, de las pleamares y bajamares en alianza con el sol, para desembocar afortunadamente en las bacanales, y todas las representaciones simbólicas del desenfreno y la lujuria al amparo de la luz de la luna, siempre cómplice del sexo y toda clase de exaltaciones del gozo.

Lo mejor es el lado oscuro de la luna: el mayor de los misterios. ¿Qué nos espera más allá de su cara visible? ¿Cuántos monstruos alados ladearán sus colinas? ¿Qué rostro le ofrecerá al observador si la luna ha sido siempre nuestra guía natural, nuestro camino y la convicción de que por cada cara hay un reverso?

La luna del miedo a los lobos, a los vampiros, a las brujas, al misterio de las noches sin luna que amparan los excesos y el extravío, así como las muertes inenarrables que se esconden bajo el manto de la oscuridad para ocultar su indecencia. Es la misma luna de las mejores serenatas y finalmente testigo silente de casi todas las pasiones. ¿Quién no ha ofrecido la luna como último recurso de enamorado?

La luna inmensa que es la luna llena, la misma luna del cine. Como la luna de Méliès con su espectáculo rudimentario de naves invasoras violentando el suelo lunar, alunizando. Como la Teta y la luna, la película de Bigas Luna, un film escatológico de amantes y circo, como los más prometedores romances
primitivos.

La de los poetas y los locos

Ninguna luna, sin embargo, es tan sublime como la de un poeta, que es casi decir la luna de un loco. Mario Benedetti y su Hombre que mira la luna. Y los que le cantan a la luna, como cuando Simón Díaz murmura “la luna me está mirando, yo no sé lo que me ve”.

La luna como inspiración, hechizo, espejo y sueño. Con sus mares y océanos aparentemente sin una sola gota de agua pero con nombres homéricos: Mar de Crisis, Mar de la Serenidad, Mar de la Fecundidad, Mar de Néctar, Mar de la Tranquilidad, Océano de las Tempestades.

Uno de los grandes poetas del siglo XIX; Mallarmé, tuvo la desfachatez de declararse enemigo de la luna y hasta buscó los medios para destruirla, suponemos que a través de la palabra. El astro lo irritaba, lo obsesionaba con su cara llorosa, su aspecto de viuda inconsolable, su triste faz anémica y su luz amarilla, siempre igual, decía. Era comprensible el odio de Mallarmé porque la luna ha llegado a ser también inspiración para cualquier “poetico” o “poetica”, que cree que alabando a la luna tiene ganado el cielo de los juglares.

Malaya el día en que el hombre pisó la luna. Todos supieron con dolor, que la luna no era de queso ni pan de horno, sino un amasijo de metales y urdimbres bastante similares a los de la tierra, pero seca como un desierto en verano. Cuando Neil Armstrong dijo, posando sus botas gringas sobre una árida dehesa del suelo lunar, que se trataba de un pequeño paso para el hombre y un gran paso para la humanidad.

Y así creíamos todos hasta un día de estos, cuando la prensa del mundo recogió la novedad: hay agua en la luna, en un territorio invisible a la mirada frívola y a pocos metros de la superficie. El agua con todo y su H2O, vital para la subsistencia humana, apetecible para todos los anhelos de conquista de los invasores que han hollado, desde siempre, cualquier palmo de territorio que garantice la perpetuidad en la tierra y fuera de ella.

Me pregunto: luego de que hayamos conquistado sus mares, y se nos haga visible el lado oscuro de la luna, y detonemos sus vastas extensiones para hacer manar el vital líquido, y nos dé por incrustar tuberías en sus laderas y hacerlas llegar hasta las colonias humanas invasoras, y comience el estropicio de sus montañas y de sus valles, y de sus paisajes vedados para el hombre, hasta ahora, que hay agua en la luna, y nos provoque bañarnos en agua y sangre, mientras conquistamos los continentes de la luna y acabamos con la luna… ¿quién va a estirar su mirada hacia el cielo para ver si hay luna llena? y aullarle un quejido y cantarle un bolero y escribirle un poema, si no hay luna sino un planeta azul, triste y acabado, desde donde una vez todos soñamos con la luna.

ÉPALE 466

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