La madre como espíritu en tres poetas venezolanos

                             Por José Javier Sánchez • malaslecturasccs@gmail.com                          Fotografía Mairelys González@mairelyscg27

En la poesía universal, diversidad de poéticas dejan sentada una profunda relación entre el hombre y el lenguaje para explorar los sentimientos más sublimes. La madre como imagen y espíritu, ha sido tratada por la literatura desde ópticas y estilos, entre lo más edulcorado y desencarnado que podamos apreciar.

Honrar la vida, celebrar la existencia, adornar con flores el segundo domingo de mayo, plena con tarjetas, lazos y claveles, diversidad de tiendas, mercados y bulevares de nuestras ciudades. Pero otra relación se manifiesta en esta fecha. La pérdida física de la madre, y el desencuentro con su presencia terrenal se venera desde la memoria, desde la elegía, desde la relación directa con la espiritualidad, con el lenguaje y el silencio.

Mi madre Carmen Sánchez en sus 81, me sorprende todos los días con el café que todas las mañanas llego a beber en su casa, como ritual de vida. A ella la celebro siempre. Pero también honro la memoria de la abuela Isola, de mi hermana Gilda y las madres que han dejado la tierra y se hacen eco en nosotros, hoy desde la palabra de tres grandes escritores venezolanos.

La luna no es pan de horno

Este cuento largo, novela corta, poema en prosa, epístola y elegía, es un canto de profunda intensidad y amor hacia la madre, que deja de estar físicamente y se hace eterna desde la espiritualidad. Laura Antillano (1950) honra a su madre desde la memoria de la infancia, de la casa, de los jardines, de la música, desde la relación física y espiritual; allí desde el silencio establece un profundo diálogo con la espiritualidad materna y todos sus símbolos:

“Usted señora, se llevó a la tumba el último despojo de la esperanza, la posibilidad de creer que puede tragarse la amargura y volcarse en un río de aguas turbias, para renacer alegres y gozosos como una vida que empieza. Nos dejó a cambio una habitación, llena de muñecas de porcelana, muñecas de rostros antiguos y ojos vidriosos, que parecen buscarla con la mirada y lamentan su ausencia, nos dejó una jaula vacía”

San José Blues 1923

El poeta de la ciudad, de la mala calle, de Caracas y el Guaire, William Osuna (1948) en esta extensa elegía convierte a su madre en su leal escudera, en su protectora, en protagonista de su ciudad y lideresa de sus batallas:

“Mi mamá viene y me toca

Hace de mi un hueco en el aire me
desaparece.

Ella sabe, ella entiende. Mis extravíos la confirman

En el meridiano más firme. Mi mamá se torna sueño

Del sueño, su figura esplende”

Pajarito que venís tan cansado

Con este poema, nuestro gran Ramón Palomares (1935-2016 ) inmortalizó la figura maternal transformándola en materia física y canto de vida. La trajo de vuelta a lo terrenal y la fundió con la lluvia como metáfora de viento, de pluma, de trino. Desde este poema, su madre adoptiva Polimnia Sánchez, vive en todas partes y sobre todo en nosotros, eternizada como ave silvestre:

“Te figurás ahora un pájaro

Ah pájaro esponjadito

Mansamente en la piedra y por la yerbita te acercás—

“Yo soy Polimnia”;

Y con razón que una luz de resucitados ha caído aquí mismo

Polimnia riéndote

Polimnia echándome la bendición

—Corazón purísimo.”

Desde mis malas lecturas un abrazo a las madres vivas y mis honras a las que nos acompañan desde la dimensión
espiritual.

ÉPALE 412