Padres diversos: La mancheta no tiene quién la escriba

Por Sol Roccocuchi / Ilustradora

Cuando tenía seis o siete años, mi papá me regaló un libro con las frases de Simón Bolívar, en esa época estudiaba en un colegio de monjas, Nuestra Señora de Montecarmelo, a este colegio le debo, al menos, cinco pesadillas en mi infancia, y otras cuantas en estado de vigilia.

Comencé a memorizar cada cita del libro, algunas no las entendía, (como es que los canarios cuentan con la muerte, si estos pajaritos no se meten en los asuntos de los demás) igual las memoricé. Cada mañana hacían grandes filas en el patio del colegio, ordenando a las niñas por grado y sección, y luego llamaban a una, no por su nombre, sino por el grado, sección y número de la lista. Siempre fui la número 26 para recitar una frase de Bolívar, y yo me las sabía todas. Nunca me llamaron. Cierta vez citaron a mis padres por mi mal comportamiento, mi papá le dio un regaño a la monja porque nunca me llamaban a recitar, prometieron que al día siguiente. Nunca lo hicieron.

Mi papá es la combinación perfecta de héroe y gran mago, siempre tenía libros, o películas o alguna canción, para ayudarme a entender el mundo. Me llevó a conocer Venezuela siendo el productor de un programa de Tv sobre nuestra cultura, periodista apasionado, me colaba en los eventos, me hacía su productora cuando estaba retrasado con algún trabajo. Cuando era solo un niño, tenía un pequeño Porsche a pedales, con el que salía a pasear por la cuadra en su Maracaibo natal, no les puedo contar el color de carro de pedales porque su tío cada año le hacía latonería y pintura. Obseso de las gaitas y los chistes malos, callado y observador, daltónico e hipertenso. Me llevó por el camino del arte sin darme cuenta. Era de derecha, o eso dicen quienes lo conocieron, pero me educó para ser de izquierda. Tenía la colección de discos más fabulosa, con todos los clásicos. Hablaba fluidamente inglés e italiano, pero también hablaba wayuunaiki. De estudiante en la UCV, se mantenía vendiendo discos y libros sobre un mantel rojo, en la plaza del Rectorado, pero también fue actor, productor, guionista, esos eran los tigres que mataba. Desde pequeña me enseñó el mundo como era, sin censuras, sin moralismos, solo una ética descomunal.

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