La pinta

Por María Eugenia Acero Colomine@andesenfrungen / Ilustración Erasmo Sánchez

En los desfiles de moda, los asientos se abarrotan de socialités, artistas y gente chic para ver y dejarse ver. Al salir las modelos, tanto el público en vivo como quienes consumen estos productos en todo el mundo se fijan con detenimiento en cada detalle al andar de las chicas: el cabello, maquillaje, zapatos, accesorios, trapos. Revistas como Vogue, Marie Claire, Cosmopolitan y más, dedican harto centimetraje y publicaciones de alto calibre para vender a las simples mortales cuáles son las tendencias que todo el mundo debe seguir para “ser original”.

Cuando aparecen los certámenes de belleza, son más las mujeres las que presenciamos este tipo de eventos que los hombres. Es muy común que se reúnan familias enteras de madres, hijas, hermanas, primas, amigas y demás a rajar cuero y criticar a cada una de las participantes. Normalmente, si los hombres asoman, es para decir, “Qué buena está”, y se van. Mi mejor amigo hace poco me confesó: “Yo no puedo ser jurado de misses, porque ganarían todas”. Somos nosotras quienes vemos la estética con criterio científico.

Espejito espejito

Una de las terapias conductistas más efectivas para la mujer es comprarse ropa o ir a la peluquería. No hay nada que cure más rápido una ruptura amorosa que un cambio de tinte, o gastarse el bono del carnet de la patria en un esmalte de uñas. Transformar la apariencia se convierte en un ritual iniciático en el que todas ascendemos a estados nuevos de nuestra existencia, construyendo otra historia a partir de la imagen que recreamos de nosotras mismas.

Ahora bien, ¿las mujeres nos embellecemos para los demás? En la naturaleza es común observar, que para lograr el apareamiento, los animales suelen acicalarse y ponerse vistosos para conseguir pareja. Curiosamente, no es la hembra, sino el macho el que se pone de colores, canta, baila y hasta pelea para cortejarla. Hay quienes creen que las mujeres nos vestimos y nos arreglamos para atraer a los hombres. Puede que en alguna etapa de nuestra existencia esto sea verdad: sobre todo cuando la mujer aún se está descubriendo a sí misma, y se valida a partir de la aprobación externa.

El aplauso va por dentro

Sin embargo, conforme pasa el tiempo, y la mujer va acumulando experiencia de vida, el ojo ajeno empieza a difuminarse. Quizás el hecho de que la sociedad nos haya impuesto innumerables roles en beneficio de los demás incida directamente en que en el fondo no solo nos guste nuestra soledad, sino que casi todas desarrollamos una cámara secreta de intimidad a la que no entra nadie. En ese universo de autodescubrimiento, una mujer se encuentra con que se maquilla, se viste y se arregla…para sí misma.

Es por esto que en los eventos de belleza, no son los hombres, sino las mujeres las que miran y admiran a otras mujeres: portamos la pinta para aplaudirnos y seducirnos a nosotras mismas, y así comernos al mundo.

ÉPALE 415

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