La Posada de Catia: mientras tanto

Un refugio de los que floreció en Caracas después de la vaguada de 2010, alberga a ochenta familias que se esfuerzan en la titánica tarea de convivir para vivir

                                   Por Marlon Zambrano@marlonzambrano                                          Fotografías Maxwell Briceño@maxwellb_photoss

En La Posada de Catia hay cien habitaciones. No disponibles, claro, pero son cien cubículos que sirven para vivir, soñar, procrear, ver televisión, cocinar, acariciar la esperanza de un futuro mejor y aprender a vivir en comunidad.

En 2010, como se recordará, una lluvia torrencial asoló a buena parte del país y se ensañó con Caracas con una furia inusitada, como cuando en 1999 un aguacero interminable produjo entre 1500 y 3000 muertos y desparecidos (según cifras oficiales) en el litoral central. Esta vez no fue para tanto pero tuvo la energía suficiente como para derrumbar cerros, inhabilitar viviendas precarias y dejar a familias enteras en la calle y en ruinas en medio de una urbe en emergencia.

Por esos días un enérgico presidente Hugo Chávez asumió personalmente la tarea de atender a los excluidos de siempre

_

Por esos días un enérgico presidente Hugo Chávez asumió personalmente la tarea de atender a los excluidos de siempre, víctimas de las circunstancias nacidas sobre la herrumbre de la ciudad informal, quienes fueron los primeros en quedar a la deriva con lo poco que pudieron salvar del desguace del diluvio. No actuó solo: el mandatario nacional instruyó a los organismos públicos, fundamentalmente ministerios, a comprometerse en la resolución de la calamidad, ayudando efectivamente a los damnificados que se multiplicaban por miles, por lo que brotaron de todos lados refugios provisionales que nacieron con ley y todo para albergarlos mientras tanto. Fue así como despachos, oficinas, ministerios, locales, galpones y un largo etcétera de infraestructuras hasta entonces inútiles o subutilizadas, sirvieron para hospedarlos bajo un sistema integral de seguridad, alimentación, cobijo, educación y resguardo.

El refugio está tejido por seis largos pasillos

Un reino de cosas apiñadas

Niños, perros y gatos no resultan multitud

Linda es una pincher irreductible que ladra, olisquea y resguarda el pequeño hogar de 5×4 metros encabezado por Reinaldo Yanse, un moreno fornido de las costas de Güiria que habla tan rápido y enrevesado, como buen oriental, que es difícil entender por lo menos la mitad de las cosas que dice. Es el papá de cinco criaturas que hormiguean entre la cama principal, el pequeño cuartico de baño, juguetean con la perra o se le encaraman a la abuela, una guarao silenciosa de 69 años, que como buena india se mantiene aposentada en un sillón reverencial mientras recuerda los días mejores, cuando era una experta tejedora de fibra de moriche para confeccionar hamacas y sombreros aprovechados del árbol de la vida. Andan sin televisor porque uno de los niños lo derribó por accidente, lo que hace temer que encarguen otro muchacho, o se esfuercen en trabajar con más esmero (si es posible) para adquirir otro aparato, pues su mujer trabaja y él también, como carnicero a veces, obrero, cargador, lo que vaya saliendo. En su diminuto universo reinan las cosas apiñadas y sobran las camas: dos matrimoniales King size, una individual y una litera.

Desde 2010 hasta hoy, algunos han llegado como padres y han terminado como abuelos

_

Desde 2010 hasta hoy, algunos han llegado como padres y han terminado como abuelos, como los Yanse que arribaron en 2013 del sector Federico Quiroz, y debieron ampliar la infraestructura con un cubículo adicional para que cupieran los hijos de sus hijos mayores. Tienen la esperanza de abandonar ese incierto Edén algún día, pues forman parte de una larga lista de espera de damnificados ansiosos de respuesta, sin apuro, viendo como la vida avanza entre alegrías triviales y tristezas mansas.

Reinaldo Yanse, su descendencia, la abuela y Linda

El principado del drywall 

La Posada… se halla subiendo desde la plaza Sucre a través de la calle Real de la Cortada de Catia, bordeando los famosos silos de Gramoven (Grandes Molinos de Venezuela), antiguo feudo de Eugenio Mendoza quien como buen terrófago gobernó con puño de hierro bajo la piel engañosa de un filántropo. Es un inmenso galpón de dos pisos y seis pasillos interminables con nombres épicos: 4F, Negro Primero, Juana la Avanzadora, Micaela Bastidas, Gigantes del Sur y Manuelita Sáenz, donde cohabitan ochenta familias, una cantidad indescifrable de niños y niñas (probablemente 106 de 0 a 12 años) y quizás mil perros y gatos. Fue apadrinado para su conversión de depósito improductivo a refugio por PDVSA y en él reina una especie de ley marcial: nadie se come la luz, pues entre sus estrictas normas de coexistencia se estipula que solo administre la llave del portón principal la persona que esté de vigilante, que se turna en cuatro rondas de seis horas de entre todos los residentes, quienes tienen prohibido abrir a deshoras, mucho menos a borrachos molestos y gente que venga alterada a pretender afectar el orden público que se ha impuesto con sudor y quizás algunas lágrimas.

Niños, perros y gatos no resultan multitud

En ese reino del drywall, causa y efecto de muchos de los males de convivencia por el ruido que deja pasar y el polvillo que desprende y genera graves afecciones respiratorias entre algunos de sus moradores, en La Posada de Catia han sabido establecer un equilibrio social que pasa por la escolarización de los chamos, el acceso a la mayoría de los servicios públicos y la alimentación a través del combo proteico y el CLAP, las actividades culturales, recreativas y deportivas en un espacio que corresponde en densidad a un pequeño urbanismo de viviendas apretujadas.

Si se daña la tubería de agua o el cableado eléctrico, Jhon Monsalve o cualquier otro vecino los repara. Si todos pretenden lavar a la vez, se decide en colectivo los turnos de secado en un inmenso patio de alambres extendidos. Si el agua (que arriba puntual cada jueves y sábado) escasea, se organizan turnos para servirse de cuatro tanques de 10 mil litros cada uno que almacenan el líquido vital para todos. Si el hollín que desprenden los vehículos se acumula en los pasillos, se organizan batidas de mantenimiento, así como emprenden las partidas de dominó y las caimaneras de fútbol o basquetbol o las fiestas de Carnaval o la liturgia de Semana Santa.

En el patio de secado aprendieron a esperar su turno

Un caleidoscopio

Desde su impecable habitación, Ana María Siciliano vende los infaltables cigarritos de 0,5 a 1 bolívar, aunque a nosotros nos obsequia el café en tazas de plástico más cargado y caliente que hemos probado en años. La Posada… la habitan guardias nacionales, estudiantes universitarios, profesionales de distintas ramas, obreros, amas de casa y madres solas, como Dorianny Acosta, una chama de 28 años que lleva seis años en espera de reubicación con cuatro hermosos infantes a cuestas, un perrito y una tortuguita de nombre Petunia. Son carajitos preciosos de verdad que reciben sus últimos atavíos y la bendición antes de salir a clases, mientras ella nos habla de las ratas como de un acontecimiento recurrente que a veces genera temor y tormento.

Todos y todas están censados, ocupan listas, han peregrinado por las instituciones y trancaron la calle una vez para ser escuchados, hasta que se apareció un ministro de hábitat y vivienda que ofreció prontas soluciones.

Nereida Carrillo lleva ocho años gravitando en su interior y forma parte de la vocería comunal, que responde a la estructura de la Ley Especial de Refugios dignos. Aunque las familias vienen de diversas procedencias, el arraigo y la integración son complejos, pero igual se rigen por la lógica de una sola comunidad. De hecho se admiten casos especiales en condición de refugio solidario que están en la data de la instalación.

Desiré Flores, vocera y madre de otras cinco pequeñas bellezas del pasillo 4F, nos pasea hasta el final de su callejón para exhibir con orgullo una especie de cartelera-periódico-mural que va informando de las últimas incidencias reseñables de su sector, entre otros, la data actual de niños, niñas y adolescentes, y los números telefónicos actualizados para cancelar algunos servicios y atenciones, como el combo proteico.

A la salida, una abuela con su nieto en pañales, haciendo la guardia de vigilancia de la puerta principal, le huye a las fotos mientras Mancha, Tobby y Lucas ensayan un coro de ladridos de despedida. Nos vamos con la seguridad de que se trata de un fascinante caleidoscopio de gente que lucha y espera con paciencia (suficiente) y que no se deja reducir por los estereotipos de malvivientes y desarrapados que suelen adjudicarle cierto sector de la sociedad que no sabe ponerse el traje de la piedad frente a “realidades” diferentes, pero no menos dignas.

Dorianny Acosta, madre sola de cuatro muchachos, un perro y una tortuguita

ÉPALE 456