La pose torcida

Por Marlon Zambrano • @marlonzambrano / Ilustración Erasmo Sánchez

Y cuando todo andaba mal y fue a peor, empezamos a cavilar sobre un hecho que debe estar inscrito en el gran libro de la infamia universal: el Miranda en La Carraca, el famoso lienzo de Arturo Michelena, está torcido.

Puede parecer un agobio inútil, una preocupación sin sentido para los tiempos convulsos que nos atraviesan como cuchillos de fuego, pero se sabe que no hay mayor incomodidad que un cuadro inclinado hacia alguno de sus lados sobre una pared, generando una sensación de mareo insostenible. Además, se suma a la angustia insoportable de saber que ese Miranda del cuadro no es Miranda nada sino el escritor y político Eduardo Blanco, autor de Venezuela Heroica, quien posó para el pintor en 1896 a propósito de los ochenta años de la muerte del mítico personaje, de quien no se tenían ni entonces ni ahora mayores referencias visuales que no sean retratos de dudosa procedencia.

Ese Francisco de Miranda detenido y entregado por el propio Bolívar a las fuerzas realistas luego de capitular y ceder prácticamente la Primera República el 25 de julio de 1812, murió en el penal de las Cuatro Torres del arsenal de la Carraca, en Cádiz, España, tras un ataque cerebrovascular antes de intentar huir a Ginebra el 14 de julio de 1816, a los 66 años de edad. Puede que estuviera triste, incómodo, aletargado y enfermo, pero eso no le daba poderes extraordinarios como para sacar su pierna derecha con absoluta imposibilidad anatómica del catre donde reposaba recostado, hasta tocar el piso aparentemente relajado. Una calma inverosímil junto a una disposición de rótula absurda y un despliegue de torso que ni un practicante de yoga alcanzaría por más que lleve medio siglo estirándose como un cisne.

No es un hallazgo sorpresivo y personal, sino la preocupación de críticos y curadores de arte que no le encuentran lógica a la dilatación corporal del supuesto Miranda, por lo que en alguna oportunidad propusieron la recreación de la celda de la Carraca en la Galería de Arte Nacional de Caracas hasta dejar en claro esa anomalía que no desacredita a su celebrado autor, pero sí puntualiza que se pudo equivocar, como humano al fin.

Michelena, inscrito en el llamado Academicismo venezolano, era un pintor figurativo y estaba cronológicamente muy lejos de las vanguardias del siglo XX que luego se pasarían por el forro los cánones del realismo, como el impresionismo, el cubismo, el surrealismo, etcétera, donde todo se hizo posible, incluso la belleza de la deformidad.

ÉPALE CCS N°478

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