“La última curda” (II)

Por Humberto Márquez / Ilustración Julietnys Rodríguez

No por casualidad, y sin querer queriendo, he venido “jurungando” ese romance —mejor digamos maridaje— entre tango y alcohol. Con la sola palabra curda da para hacer la historia universal del tango ebrio: “Anoche estaba curda”, “De puro curda”, “El curda”, “Tango en curda”, “Viejo curda”, “Duelo curda”, “Entre curdas”, “Testamento de un curda”, e incluida “La última curda”, cuyas grabaciones más importantes fueron las de Edmundo Rivero (1957) y Goyeneche (1963), ambas con Troilo.

Resultaría imposible describir y enumerar todos los temas, tangos o milongas, que tratan sobre el alcohol y sus correlatos, como dice Ricardo García Blaya en El alcohol, un tango triste; y sobre nuestro tango curdo de ocasión, agrega: “Los versos de Cátulo Castillo tienen un sentido distinto y muy profundo, con un planteo de raíz existencialista cuando dice: La vida es una herida absurda, y es todo tan fugaz, que es una curda, ¡nada más!, mi confesión. El personaje bebe reconociendo su fracaso en la vida, descubre la náusea y se lo confiesa, posiblemente, a una mujer cualquiera. La letra es compleja y llena de metáforas, algunas memorables, como cuando dice: Cerrame el ventanal que quema el sol su lento caracol de sueño, ¿no ves que vengo de un país que está de olvido, siempre gris, tras el alcohol?”.

Contó Edmundo Rivero que Cátulo preparó la letra sobre una música de Troilo una noche calurosa de 1956, en el departamento del músico ubicado en un 2° piso de la calle Paraná, enfrente del cabaré Chantecler. Estaban Troilo, Rivero y el periodista Miguel Bavio Esquiú, con sus esposas. Empezaron a trabajar, ensayando y ajustando, primero con tarareos y luego con bandoneón. Pasaron así varias horas y en algún momento salieron al balcón, cuya ventana estaba abierta, y vieron una multitud en la acera de enfrente interrumpiendo el tránsito. Entonces, allí mismo, Troilo y Rivero ejecutaron el tango, por primera vez, en público.

ÉPALE 367