“La última curda” (Y III)

Por Humberto Márquez / Ilustración Julietnys Rodríguez

Si alguien escribiera una antología de poemas de despedidas amorosas, no podría prescindir de la calidad poética de Cátulo Castillo hecha tango, o costura de jirones de un corazón despedazado por una desilusión sentimental: ¡Yo sé que me hace daño / llorarte mi sermón de vino! / Pero es el viejo amor / que tiembla, bandoneón, buscando en un licor que aturda. La curda que, al final, / termine la función / corriéndole un telón al corazón.

Como se dijera en algún momento —medio en broma, medio en serio—, “La última curda” es un poema que podría haberlo firmado Jean-Paul Sartre. “¿Tango existencialista?”, pregunta Manuel Adet. O como en ese mismo texto sobre “La última curda”, que alude a la última embriaguez antes de la muerte del amor o de la muerte misma: “Después, está la riqueza del lenguaje, la destreza para construir imágenes definitivas, imágenes que se parecen a conceptos, a definiciones que no se pueden expresar de otra manera. Imágenes que sólo un poeta es capaz de construir con las palabras. ‘La ronca maldición maleva’ del fuelle es de una precisión maravillosa”.

Si no, que lo diga Carlos Mina: “Los versos de Cátulo Castillo en ‘La última curda’ tienen un sentido distinto y muy profundo, con un planteo de raíz existencialista cuando dicen: La vida es una herida absurda y es todo tan fugaz que es una curda, ¡nada más!, mi confesión. El personaje que bebe está reconociendo su fracaso en la vida descubre la náusea y se lo confiesa, posiblemente, a una mujer cualquiera. La letra es compleja y llena de metáforas, algunas memorables, como cuando dice: Cerrame el ventanal que quema el Sol su lento caracol de sueño, ¿no ves que vengo de un país que está de olvido, siempre gris, tras el alcohol?

ÉPALE 368

Next article

Sur (I)