La verdadera teta

Por Pedro Delgado / Ilustración Justo Blanco

A casa de Rafael Paredes, en el cerro Santa Ana de La Guaira, fue a parar Juanita Delgado, mi madre, casi a finales de 1947. Con un muchacho de la mano y otro en su barriga llegó a pedirle posada a él y a Rosa, su mujer. “Tíos, vengo a que me den el ladito que me ofrecieron y pasar un tiempo aquí hasta no más encontrar para donde mudarme”, diría Juanita a quienes luego del abrazo y la bendición del aprobado le señalarían adónde ir a aposentarse. Venía mi madre de un viaje emprendido desde Valera, estado Trujillo, a probar suerte por estos lados con esa barriga hinchada de tanto yo darle patadas allá adentro. Fue el 23 de febrero de 1948, cuando di el berrido en la cara de la partera. “¡Es un varón!”, diría.

Con Marta, nacida veinte días antes, el 3 de febrero, comencé a turnarme la teta de Rosa porque Juanita, pobre de leche, igual tenía que ir a buscar turno laboral por allá abajo en Maiquetía. Para tía Rosa, ahora mi madre de leche, era yo el ¡Antuna que antuna tuna! de la casa. Contaba ella que no quería desprenderme de su pecho por nada del mundo, disputándomelo con Marta en un toma y dame de lloriqueos. Quizás el gusto me lo brindaba el dulzor de aquella india pelo azabache, toda ternura cuando yo daba chupadas a la verdadera teta.

Evocar aquel rancho es echar memoria con mis cuatro o cinco años oyendo aquella canción de Billo en su primera época, cantada por Manolo Monterrey: “Tírame, tírame, tírame la pelotica” y a uno lo elevaran a lo alto como muñeco de trapo, algo que divertía especialmente a mamá Rosa. Es divisar la bahía allá abajo con barcos dando pitazos de llegada. Las gallinas, los patos, los pavos, el perro y hasta el burro que le servía al tío  Rafael para ir al mercado, son el recuerdo de cuando todavía con esa edad clamaba para que mamá Rosa se sacara la teta del sostén, con Marta ya ni pendiente de peleármela. El día del viaje llegó, y ya resuelta con sus dos muchachos, mi madre le entrompó a la ciudad de Caracas arrimándose donde su hermano Nicanor por los lados de Urdaneta, Catia. Al tiempo, el dato de una señora amiga la llevó hasta San Martin a trabajar en una fábrica de calzado donde conoció a Emilio Álvarez, a cierto tiempo emparejarse con él, parirle un varón y un par de hembras alimentados a punta de tetero. Mientras Juanita andaba en sus quehaceres de casa y el viejo en su taxi, bastante la oí junto a la radio cuando cantaban Panchito Riset o Daniel Santos, sus favoritos de entonces, mientras barría la casa, pegada al fregadero o la batea. Tampoco podré olvidar aquel día de carnaval en Catia, cuando pasó frente a nosotros la Miss Mundo Susana Duijim; ni las veces cuando íbamos al Coney Island a montarnos en los aparatos mecánicos; mucho menos los paseos a la playa. Su yunta con el viejo Emilio duró hasta que la muerte los separó y los depositó bajo la tierra del Cementerio del Este; él en mayo de 1985, ella en noviembre de 2003.

Volviendo a mamá Rosa, en mi adolescencia con ella me gustaba compartir en días navideños, costumbre de ir a su casa cuando vivía en Altavista, Catia, donde el recuerdo de las mamadas de teta siempre llegaba, ella todavía mimándome arrullado junto a su cuerpo, recordando época. El recibimiento siempre cariñoso por parte de la familia de la cual para ellos, era yo un especial integrante. Sus hallacas, su dulce de lechosa, la ensalada de gallina y demás chucherías que nunca faltaban siempre los he de llevar en el paladar. El abrazo de fin de año y los buenos augurios para toda la familia siempre presente.

Ya con el tiempo, yo transitando otros caminos de la vida, fue cuando mi hermano Enrique me dijo de su enfermedad. Fui a visitarle a otro lugar, donde una hija suya –también allegada a los momentos de amor y ternura para conmigo–, me invitó a la habitación donde reposaba mamá Rosa. Al verla en su lecho con la muerte rondándole, nos dimos un último abrazo y beso entre lágrimas de despedida. El sepelio se consumó, si la memoria no me falla, para el año de 1979.

ÉPALE 412