Las mejores hallacas no son las de mi mamá

Por Marlon Zambrano@marlonzambrano / Ilustración Erasmo Sánchez

El placer delicado de la promiscuidad, ese hallazgo maravilloso del contubernio, el prodigioso pellizco de la sal exacta, la inaudita pulsión del buen gusto, ese soplo de vida en los aromas de la multisápida. Nada de eso lo conoce mi mamá.

Es más, el más contundente encuentro entre mi madre y una hallaca fue la vez que al destapar una que pidió por encargo, asomó desde una de sus esquinas una ristra de paticas rostizadas que tras el examen detallado, correspondían a las extremidades de ese rastrero temido en sus pesadillas, y que tras un arqueo de tenedor se asomó completico y turgente con su tierna carita de yo no fui. La cucaracha envuelta en hallaca terminó siendo una fobia histórica en la familia, que ha ido pasando de generación en generación.

Las hacía mi papá. Ese manjar mestizo, validado por la ebriedad efusiva de los mayores en diciembre, fue patrimonio navideño del viejo, quien, cerca del 24, imponía una temible ley marcial de asepsia y rituales paganos en casa.

Mi mamá, como mucho, se acercaba para aportar alguna idea destemplada, de esas que se agregan solo por joder, hasta que mi papá lanzaba rayos gama con sus ojos de hechicero gocho, garantizando la retirada temprana de la vieja hacia las trincheras del dulce de lechosa, donde tenía cierta autoridad de matriarca.

En la sinfonía de los sabores, mi mamá es experta en el rocío del cilantro sobre las aguas turbulentas del caldo de pollo. Maestra en un arroz cruzado con trazas de zanahoria y en la filtración deensoñaciones del pasado en la pasta con carne molida. No más.

En asuntos de mayor envergadura gastronómica, o es que se resiste, o simplemente fue relegada por la opresión machista y el maltrato de género que le prodigó el viejo durante cincuenta años de amores contrariados.

Papá, como buen tipo, se ensillaba un trapo mugriento sobre uno de sus hombros y comenzaba a danzar como un colibrí borracho, tentado por las ondas expansivas del guisqui a hablar mal del gobierno o de la oposición, que importa, mientras componía la melodía extraordinaria del vicio entre tiras milimétricas de pimentón, discos exactos de cebolla y postraciones redentoras del guiso sobre la masa.

En los suburbios de la cocina, las mujeres prometían enmendar algún entuerto familiar mientas esmaltaban la torta negra, y los hombres tintineaban las birras hablando por igual de caballos y de amantes. A los carajitos nos seducían los olores que se desprendían de las pailas mientras esperábamos expectantes el arribo del Niño Jesús que, casi siempre, llegaba con un brazo roto.

Ahora que papá no está y la cuarentena nos mantiene detenidos y contra las cuerdas, si nadie hace las hallacas quizás ni importe. Podríamos conformarnos, y con ventaja, con la posibilidad de llegar vivos a un nuevo año luego de esta pandemia histórica que de paso, cuando pega, hasta nos quita el gusto y el aliento.

ÉPALE 412

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