Las muñecas que te miran (parte II)

Por Mónica Mancera-Pérez • @mujer_tambor / Ilustración Jade Macedo • @jadegeas

Pasaron los meses, y mientras el Predicador, en vísperas de las elecciones parlamentarias, pasó a ser diputado y, desde sus sesenta km/h, constituyó un conjunto de leyes para reparar las calles y concluir las obras paralizadas, yo me debatía entre saber o quedarme con esa imagen tan sugerente de una casa que apela al imaginario popular… en ese ínterin, me acerco a la casa con mi amigo fotógrafo William Dumont, dos semanas previas al 26 de septiembre.

Descubrimos que la planta baja de esta casa es un comercial llamado Etargon, donde venden videojuegos y hacen reparaciones de equipos radiológicos, detalle en el que no me había percatado, pues pasaba con Motoratón horas antes de que abrieran el establecimiento. El nombre del negocio alude al dueño del local y de la casa, Etanis González, quien me recibe de forma amigable, receptivo a mis preguntas, y dispuesto a tumbar ese paradigma construido meses atrás.

Este comerciante y técnico posee una mirada curiosa que me inspira confianza, mi tensión se desvanece y, al mismo tiempo, se incrementa la curiosidad por saber qué esconde este hombre. Etanis es un coleccionista por vocación, artista que convirtió su casa en un museo tras la separación de su compañera y mamá de sus hijos. Etanis comenta, “ya es mi casa, puedo hacer lo que quiera”.
El coleccionista no puede dar cuenta de la cantidad de muñecas que tiene en su balcón, pero si muestra su placer ante ese montón de cabezas que miran hacia afuera, vigilan el movimiento de transeúntes, escrutadoras del paso caótico de carros y motos.

Antes de entrar a la casa-museo, Etanis menciona que a su hijo Marlon, se le ocurrió poner una cabeza de muñeca como Jesús A. Poleo lo hizo con su camión, quien, por cierto, puso las muñecas por vacilón. El balcón, continúa el coleccionista, “no es más que arte urbano, porque para mí arte es todo lo que la gente se imagina. Hacer lo que uno se imagina, eso es arte”. Al poner la primera muñeca, “la gente empezó a curiosear, a preguntarse por qué ponen cabezas”. Padre e hijo comentan que las y los transeúntes los han calificado de enfermos, sádicos, brujos, así como yo llegué a fantasearlos en algún momento.