Lídice: 78 años después de la guerra

Nació como un desagravio contra las aberraciones de la guerra europea, pero también como respuesta urbanística a la pobreza en Caracas. No se cala estigmas

                                        Por Marlon Zambrano@marlonzambrano                                     Fotografías Mairelys Gonzalez@mairelyscg27 y Archivos de la parroquia

Adolfo Hitler sentenció: “Lídice será arrasado hasta el suelo y la población masculina fusilada”.

Corría el año 1942 y las fuerzas nazis se apoderaban velozmente de Europa atenazando el este hasta las puertas de Moscú. En ese dominio mastodóntico la diminuta y casi insignificante Checoslovaquia (hoy República Checa o Chequia y Eslovaquia) había pasado a ser un feudo alemán que sufrió todo el proceso de segregación y exterminio acentuado por la dura resistencia checa que se cobró, en una de sus acciones partisanas, la vida de Reinhard Heydrich, uno de los hombres de confianza del Führer, a quien había designado como protector de ese territorio y era apodado como El Verdugo o El Carnicero, por su brutalidad.

Tras ser herido durante un atentado en Praga por un comando entrenado en Inglaterra para la Operación Antropoide, Heydrich se negó a recibir tratamiento por médicos que no fueran de origen alemán ni donativos de sangre que no demostrara ser “aria”, por lo que murió una semana después de una septicemia provocada por sus heridas.

Aunque la purga fue bestial en Praga donde fueron asesinados miles de sospechosos, familiares o colaboradores, Hitler exigió a sus comandos una reprimenda ejemplar y se decidió atacar uno de los focos de resistencia activa, un pueblito rural a 16 kilómetros de la capital de apenas 483 habitantes, 192 de ellos hombres, 196 mujeres y 95 niños, de nombre Lídice.

En la operación de exterminio participaron doscientos efectivos de las SS (escuadras de defensa alemanas) junto a colaboracionistas checos, que cumplieron rigurosamente la encomienda: los hombres fueron fusilados, las mujeres pasadas a campos de concentración donde morirían irremediablemente y los niños llevados a guetos, asesinados o reeducados y adoptados por familias alemanas tras su “germanización”. El pueblo fue absolutamente borrado del mapa mediante un incesante bombardeo, mientras una cámara documentaba todo el proceso, tal como sucedió con el pueblo vecino de Lezáky dos semanas después.

La mediática internacional informó al mundo del macabro hecho, garantizando su difusión en toda Europa, Norteamérica y América Latina por donde se regaron los cables noticiosos que, en su mayoría, resumían así la información: “Una cosa tan horrenda no sucedía desde la Edad Media”.

El parte de guerra llegó a Venezuela y en 1943, el Consejo Municipal del Distrito Federal decide cambiar el nombre al proyecto habitacional Urbanización Quinta Villa Amelia por Urbanización Obrera Municipal Lídice a instancias, cuentan, de los periodistas Pedro Beroes, Ana Luisa Llovera y Kotepa Delgado. La sensibilidad movió al país en muchos sentidos, al punto de que una calle de Carora fue bautizada igual y se convirtió en un nombre recurrente para bautizar a varias generaciones de hijas latinoamericanas. Tal sucedió en Panamá, México, Brasil, Chile, Ecuador,
etcétera.

Con los años, aquella Lídice resurgió de sus cenizas convertida en un sencillo urbanismo cercano a su sitio de origen, donde un memorial evoca uno de los aprendizajes más urgentes de cualquier guerra: al final, todos pierden.

La calle del medio, antes y ahora

Lidiceños

En nuestra Lídice, a un costado de la parroquia La Pastora, la paz es un atributo ganado a pulso, a pesar de la insistencia de algunos focos mediáticos de estigmatizarla como zona roja, encomendada para no ser visitada por extraños pues su sino, dicen, es la violencia.

Eso se lo ha creído mucha gente, incluso algunos residentes que niegan su identidad de “lidiceños” y escogen vivir en la anomia y el desarraigo, una condición tan maligna que está servida para que no se fortalezca la cohesión social, ni las causas comunes, ni la lucha de clases.

Era la primera vez que en Caracas se construían viviendas para los más pobres, incluso quienes no pudieran siquiera pagar un alquiler

_

Este año se celebran 78 años desde que se clavó como una estaca en el corazón del mundo y provocó la solidaridad, naciendo un urbanismo único en materia de misericordia, pues era la primera vez que en Caracas se construían viviendas para los más pobres, incluso quienes no pudieran siquiera pagar un alquiler.

Brotó como un barrio obrero en los terrenos de la hacienda Villa Amelia, nos cuenta el historiador local Víctor González. Cuatrocientos mil metros cuadrados de piedemonte en el oeste caraqueño que posteriormente fueron vendidos al general Juan Vicente Gómez, quien al morir los dejó en el limbo y al vacío, mientras se poblaban sus lindantes Manicomio, La Pastora y la avenida Sucre.

El urbanismo se propuso con la idea original de eliminar más de noventa barrios de la capital del país en plena década de los cuarenta. La primera comunidad movilizada para poblar el nuevo asentamiento fue el barrio Brisas de El Paraíso, justo en la Cota 905 de aquellos años. Le siguió gente de El Cementerio, El Valle y del centro de Caracas.

Este año se celebran 78 años desde que se clavó como una estaca en el corazón del mundo y provocó la solidaridad

_

El plan era albergar a no más de 3.500 familias, pero hoy superan las diez mil, asentadas en algunas viviendas de techo de asbesto que aún sobreviven como un memorial del pasado, registradas como inmuebles patrimoniales del municipio Libertador, pero sobre todo edificadas en el fragor de la premura y la agilidad típicamente caraqueñas.

La Gaceta Municipal No 6.080 contiene la ordenanza sobre la Urbanización Obrera Municipal Lídice, que certifica el nacimiento de esa comunidad y la dota de algunos elementos únicos. Aún vigente, el instrumento legal regula la administración, adjudicación y enajenación de los inmuebles que la integran.

“Al parecer –nos comenta González– no existe otro documento similar en todo el país. Está en nuestra Carta del Barrio, el origen documental de la historia de un proyecto social, revolucionario y novedoso en toda Suramérica para 1943. Una respuesta política a las necesidades de vivienda de las familias de la clase obrera del Distrito Federal”.

La propuesta urbanística inicial proponía viviendas de desarrollo progresivo, como lo recogen algunos estudios arquitectónicos que se han hecho sobre la localidad, con la idea de que se entregaran las viviendas con instalaciones básicas para que en la medida en que las familias fueran progresando económicamente, ampliaran las instalaciones.

Un antes y ahora del Bloque 59 construido en 1953

Clase obrera y trabajadora

Un lánguido hilo conductor, un insignificante y agónico puente del tiempo comunica un momento con el otro, una geografía con la otra, a través de un guiño imperceptible.

Espacio geográfico donde convive la clase obrera y trabajadora

“Hay un problema de identidad. ¿Qué identifica a Lídice en la mente de mucha gente? Tu colocas el nombre en Google y aparece el hospital que ni siquiera se llama Lídice, como muchos creen, sino Dr. Jesús Yerena. Lo otro es que en un momento dado, durante la guerrilla urbana de los años sesenta, mucha gente del Partido Comunista vivía aquí, hacían reuniones clandestinas y tertulias, y eso era muy atacado por los gobiernos de aquella época que la denominaron zona roja, que aplica como zona de delincuencia, y eso no puede ser lo que nos identifique. Pero si la comunidad no promociona su identidad, es fácil que cualquiera llegue y te ponga lo que quiera” refiere Víctor.

Es puro proletariado. Ni hay potentados ni gente de la burguesía. Familias enteras que se originan de los mismísimos fundadores. Como el propio Víctor, con 65 años de residencia desde que llegó con sus padres con apenas un año de edad, quien desde hace 25 años, por defender el título de propiedad de la vivienda familiar, se adentró en la historia local y se decidió acopiar testimonios, documentos e imágenes del recorrido histórico de Lídice hasta lo que es hoy.

No es un barrio más, empuña Víctor González: los títulos de propiedad los entregó el para entonces presidente de la república Isaías Medina Angarita, y no recibió más publicidad y posicionamiento en la historia porque se lo robó la reurbanización de El Silencio.

Destaca un aspecto curioso: es de las pocas comunidades del oeste de Caracas a las que ingresas por la calle principal, la recorres y sales sin necesidad de devolverte. Así es nuestro Lídice.

 

 

ÉPALE 424