Los siete vacíos que deja Earle

Por Clodovaldo Hernández • @clodoher

Earle Herrera solía advertir a sus estudiantes acerca del lugarcomunismo. Decía que ser comunista podía ser bueno o malo (según quien lo juzgara), pero ser lugarcomunista era siempre malo. Así que comienzo pidiendo perdón al espíritu (seguramente burlón) de mi profesor porque  voy a utilizar uno de los lugares comunes favoritos de políticos discurseadores y los periodistas de todas las edades y condiciones. Me refiero a esa frase hecha de que alguien que acaba de morir “deja un vacío difícil de llenar”.

Pero trataré de remendar el capote para no quedarle tan mal al sobresaliente docente que tuve, por suerte. Voy a introducir una variante en el tópico: Earle Herrera deja siete vacíos muy difíciles de llenar, incluso si no trata de llenarlos una sola persona, sino varias a la vez. Veamos:

El vacío de la crónica corta cotidiana. En Venezuela tenemos excelentes cronistas, practicantes de eso que de un tiempo a esta parte se ha llamado “periodismo narrativo”, pero Earle tenía una característica única: hacía crónicas cortas, punzantes, ingeniosas, ocurrentes y el sinfín de adjetivos que usted quiera ponerle. Y las hacía cada día y –para decirlo con otro lugar común- con una disciplina prusiana. Eso no lo hace casi nadie.

El vacío en el humor. Humoristas también hay muchos en un país de fregadores de la paciencia, pero Earle Herrera era de los finos. Desde los tiempos en que El Nacional era un periódico que cojeaba de la pata izquierda hasta los actuales de El Especulador Precoz, siempre dictó cátedra en ese terreno.

El vacío del docente. En el mundo del periodismo hay profesores excelentes del género crónica que, curiosamente, nunca se han animado a escribir ninguna. Y hay excelentes cronistas que nunca se han animado a dar clase para enseñar a otros ese refinado arte. Earle era polivalente, todoterreno: igual podía disertar sobre la crónica, citando la mejor bibliografía disponible, y enseñar a escribirla, como predicar con el impecable ejemplo.

El vacío del poeta andante. Contó su hijo, el periodista Simón Herrera Venegas, que Earle quería ser recordado como poeta, más que por sus tantas otras maravillosas destrezas. Y en este caso, el vacío que deja es el del poeta que aplicaba su talento como tal a los textos que escribía, incluso a los que salían a la luz para dar la pelea en los agrestes terrenos de la política y la guerra mediática. Ese espacio tan especial del periodismo de combate hecho con poesía es otro que queda vacío.

El vacío del orador. De todos los espacios que Earle ha dejado vacíos, quizá el más extraño para quienes lo conocimos en sus tiempos de profesor, humorista, poeta y bohemio, sea el de la política. A Earle se lo llevó (muy a su gusto, eso sí) el huracán revolucionario y lo metió de lleno en los cuerpos deliberantes: las Constituyentes y la Asamblea Nacional. Allí desplegó su verbo, a veces encendido (otro lugarcito común), a veces académico, siempre mordaz y reflexivo. Su voz había llegado a ser fundamental, pese a no estar él entre los jefes partidistas ni mucho menos. Era de los pocos que, cuando ejercía el derecho de palabra, lograba acallar la bulla de los otros parlamentarios, del Gobierno o de la oposición. Todos sabían que Earle no hablaba por hablar, no estaba en las instancias parlamentarias para robar cámara ni para apuntalar algún proyecto personal. Se anticipa que en ese ámbito hará una falta tremenda.

El kiosco vacío. Entre las transformaciones que el profesor Herrera fue capaz de hacer en estos tiempos de Revolución estuvo el pasar a la televisión, una novedad para quien había estado siempre en el campo del periodismo impreso. Lo hizo con el programa El kiosco veraz, que se transmitió por Venezolana de Televisión hasta que la pandemia obligó a suspenderlo.

Es decir, que este es un vacío que se había generado ya antes de su partida, solo que ahora es definitivo.

El vacío de la crítica interna. Lo dejo de último no porque sea el menos importante, sino porque el mismo Earle siempre advirtió acerca del impacto especial que tienen los párrafos y frases de cierre de un texto. Él le ponía mucha pimienta a los suyos y –ya quedó dicho- predicaba con el ejemplo. Pues bien, Earle era un afilado crítico de los errores y las omisiones cometidas por los funcionarios y líderes revolucionarios. Más de una vez expresó públicamente su desacuerdo con el proceder desmelenado de camaradas y compañeros; fustigó a quienes se desentienden de la gente humilde luego de escamotearle el voto con frases rimbombantes sobre el Poder Popular. Además, con frecuencia ironizaba acerca de los jefes que pedían ser criticados y luego, cuando él lo hacía, se ponían bravos y hasta le quitaban el saludo.

Queda demostrado, pues que Earle Herrera –valga el lugar común modificado- no deja un vacío, sino siete vacíos realmente difíciles de llenar.

ÉPALE 443