Luis Marín: “Hay que ser coherente para inventar”

El escultor propone la figura del performance para que todos nos aventuremos a contar nuestras propias historias

                                Por María Eugenia Acero Colomine@andesenfrungen                                     Fotografía Mairelys González@mairelyscg27

La tarde del viernes 20 de agosto parecía una noche de fin de año. Un montón de viejos amigos y conocidos coincidimos en el jardín de la galería de Arte Nacional por los predios de Bellas Artes para asistir a una especie de comunión en clave de encuentro. ¿La ocasión? Íbamos a ser testigos y cómplices del monólogo performático titulado Pier 31, a cargo del escultor y profesor universitario Luis Marín. La invitación a esta reunión especial vino de parte de la poeta Ximena Benítez, quien con mucho amor nos confió el evento como si fuera un regalo iniciático. Entre las caras conocidas, estaban el artista Fran Soteldo, el muralista Edgar Guerrero, el filósofo Nelson Guzmán, la bailarina Madaí Kali y su compañero Pedro Pinto e incluso el director del museo de Bellas Artes, el profesor Zacarías García.

De pronto, en medio de la algarabía de los saludos con tapabocas, apareció el profesor Marín, ataviado con un atuendo que rememoraba a un mesonero. A su llegada se armó un pequeño escenario improvisado con una mesa, sillas, botellas y un sofá. Así, se abrió el telón imaginario para que este prolífico artista con más de 35 años de experiencia como docente y artista nos regalara un momento íntimo en el que recordó sus tiempos de estudiante en Inglaterra. Fue allá que obtuvo su primer empleo como mesonero en un restaurante de categoría, donde vio desfilar a personajes como Bianca Jagger y Christina Onassis. El anecdotario sobre la filosofía de los mesoneros y la psicología social que estos desarrollan en su oficio dio pie a compartir intimidades de su profesión como escultor, sus tiempos en los que mataba tigres haciendo de modelo en la escuela de artes; y de lo íntimo, Marín pasa a la reflexión general, invitándonos a ser como Miranda: el gran precursor. Marín nos exhorta a llevar nuestros sueños por todos los rincones y a desafiar los molinos a riesgo de morir desterrados en la Carraca. Esta reflexión final cierra con un insólito final que no pensamos develar para que nuestros lectores no pierdan la oportunidad de disfrutar de este entrañable monólogo performancístico.

El escultor Luis Marín (Ciudad Bolívar, 27/12/1952) es un artista y profesor con una profunda trayectoria en la escultura, que ha dictado cátedra en The Chelsea College of Art: 1985-99, en IUESAPAR: 1994-2008 y en UNEARTE: 2009-2020, donde se hizo Maestro Honorario de la Universidad Nacional Experimental de las Artes. Treinta y cinco años en la docencia universitaria. Ha expuesto en París, Londres y Venezuela, y tanto en Inglaterra como acá se destacó con honores en su desempeño académico.

Conozcamos un poco más sobre la voz poética de Luis Marín.

—¿Qué puedes decir dela cuatridimensionalidad?

–Cuando oigo a otros hablar de la escultura tradicional, quiere decir que es algo del pasado. El concepto tridimensional ya se me olvidó. Yo decía que espacio, tiempo y acción son la base filosófica de lo que es la materia. Uno hablaba que las piezas son conversaciones. La máxima evolución de la materia es el pensamiento.

—¿Qué te motivó a hacer este monólogo?

—Lo llamo monólogo performista, porque el monólogo es algo previsto, ensayado. Es un monólogo, porque yo mantengo el discurso, mas no tiene que ver nada con el teatro ni con el escrito previo, sino que son pensamientos estructurando pensamientos, recordando cosas y ver cómo lo ponía en escena. Se convierte el monólogo en una performática.

Estamos acostumbrados a la performática del cuerpo, y lo que tú sientes sobre ese tipo de expresión, pero también tenemos que entender que son ya unos adultos que tenemos tanto qué contar y estoy invitando a la gente a que cuente sus historias para eso que dije que puede ser la revolución nuestra.

—¿Cuál consideras que es tu principal legado?

—Yo creo que mi legado está en la docencia. No es que yo enseño: yo cuestiono, yo facilito a que encuentren y busquen la salida. No puede haber una guía de cómo hacer las cosas. Se tiene que preguntar al artista en formación las razones. Y las razones a veces son más profundas que lo que el artista mismo cree. Puede ser que pinté al estilo de Van Gogh, pero en realidad lo que estoy es pendiente de la dimensión del color de una isla de Margarita, y no sabes que la territorialidad, lo abstracto espacial es mi isla de Margarita, y no Holanda.

—¿Cómo ves la creación en Venezuela?

—Hay cosas muy interesantes y muy buenas. Hay gente joven que viene con nuevos impulsos. Pero aquí a veces le damos valor al primero que trajo lo abstracto, lo expresionista; al primero que tomó en cuenta Europa. Lamentablemente nuestros críticos son muy cultos. Pero si no lo leyeron, no tienen con qué ser creativos. No tienen cómo inventarse un análisis que sea de sus propias sensaciones, sino que refieren a los maestros o los críticos de la vieja Europa o de la Europa contemporánea. Pero si no hay la referencia para ellos no hay creación. Y eso también sucede con las artes. Es muy bueno hacer cosas tales como en otra parte. Hay gente con gran calidad y talento para hacer como hizo otro. El mejor para dar una lección al respecto es Picasso. ¿Por qué Picasso es Picasso? Porque fue el orfebre, fue el modelador, el pintor que quiso hacer lo que otros plantearon. Picasso no contribuye a las artes en nada. No hay un planteamiento de Picasso. El único planteamiento de él y que rompe contra el individuo convirtiéndose en artista varias veces. Pero el cubismo no es de él, el abstraccionismo no es de él. Todo es que él era un magnífico artesano.

—¿Quiénes consideras tus principales referentes espirituales, artísticos, morales?

—Empiezo con Pascual Navarro. Yo estudié con Pascual Navarro, y Pascual Navarro era muy duro con sus alumnos. A él le gustaban las jóvenes, y él andaba con una prima mía. Yo le pedí a mi prima que le preguntara porqué él a mí no me decía nada. Él insultaba a todo el mundo, y a mí no me decía nada. Cuando ella me vino con la respuesta, Pascual Navarro le dijo que no había que decirme nada, que a mí había que dejarme trabajar solo. Ese fue mi último día con Pascual Navarro (risas).

—¿Qué mensaje te gustaría darle a la comunidad de Épale CCS?

—Para empezar hay que resolver aquello de “Inventamos o erramos”. Hay que ser coherente para inventar. Toda aventura paga según la coherencia con que la hagas llegar. Necesitamos gente que revolucione. En este engranaje de proceso tenemos que elevar con la mayor de las energías, y eso se hace con coherencia. Aventureramente se puede decir, pero requiere de fuerza. Eso aplica para los artistas y para todo el mundo.

ÉPALE 428