Luisa Mota: La historia del teatro

Es una de las pocas sobrevivientes de una generación que revolucionó el mundo de las tablas en Venezuela

Por Marlon Zambrano • @marlonzambrano  / Fotografía Maxwerll Briceño • @maxwell

Escribió Enrique Vila-Matas en su antología personal, que somos una acumulación de recuerdos inventados. “La pasión por ser otro, o la idea –mejor decir la voluntad- de vivir una vida diferente”. Vargas Llosa, el autor de La fiesta del Chivo, es mucho más elocuente y afirma que “la ficción nos complementa, a nosotros, seres mutilados a quienes ha sido impuesta la atroz dicotomía de tener una sola vida y la facultad de desear mil”. El Gabo, creador de ese universo alucinado y razonable a la vez llamado Cien años de soledad, remata: “La vida no es la que uno vivió, sino la que recuerda y cómo la recuerda para contarla”.

Luisa Mota (1931) no puede escapar de su destino: su vida fue la que vivió. Está ahí, pedacito a pedacito, documentada en cientos de recortes de diarios amarillentos que como en El retrato de Dorian Gray, enmohecen mientras su rostro se mantiene casi intacto a pesar del paso del tiempo. Gentil y menuda, calada por minúsculos fogonazos de nostalgia, sonríe con la mesura de una dama apenada y se atrinchera en los armarios de la memoria para recordar cada rictus, cada mueca, cada movimiento de su paso por los escenarios donde ha reinado por ochenta años ya. Hay quien dice que ella es la historia del teatro en Venezuela.

Francisco Aguana, cronista, afirma que es la decana de las actrices venezolanas, y cuenta que ella forma parte de un movimiento de cambios en el teatro nacional que se generó en los años cuarenta del siglo pasado bajo la égida del maestro mexicano Jesús Gómez Obregón, introductor del método Stanislavski en el país. Fue una época de renovación inducida por el Ministerio de Educación de entonces, que a su vez derivó en una vanguardia teatral de gran impacto sobre las siguientes generaciones de actores, actrices, dramaturgos y directores del teatro contemporáneo. Narra Aguana, que Luisa protagonizó junto a Gilberto Pinto una agria polémica pública al aparecer con la falda unos centímetros más arriba de las rodillas en una foto promocional de la pieza La fuerza bruta, de John Steinbeck, que pensaban estrenar para los periodistas en el teatro del Pedagógico de Caracas, lo que les acarreó su prohibición. Ella lo recuerda con precisión, pero no conforme, tiene los recortes de la prensa que recogieron la foto y el escándalo y especifica que su censor fue Monseñor Pellín, en connivencia con la embajada norteamericana, el 16 de abril de 1950.

Sylvia Mendoza, actriz, asegura que en el año 1963 la conoció gracias a César Rengifo, quien ya para entonces la mencionaba como un mito viviente. “Él siempre nos decía que era una mujer extraordinaria, gran mamá, que se fue a Francia con su muchachito para estudiar teatro con una beca, pero como la plata no le alcanzaba para vivir, ella bailaba”. Sylvia ataja una anécdota que cuenta el director Román Chalbaud, de la vez que en París vio surgir la imagen de Luisa Mota del fondo de un bululú, bailando ante el público improvisado de una plaza pública. “Esa mujer tenía un cuerpo espectacular, unas piernas bellísimas todavía a los noventa años”. Rememora su vinculación con el partido comunista gracias a Rengifo y a Humberto Orsini, quienes eran militantes como la mayoría de los profesores del teatro de entonces.

Su nieta, Shanti Simosa, de catorce años, resume sus emociones en una sola frase: “Es una abuelita consentidora” mientras nos escolta a la entrada principal de su edificio, muy cerca de la estación del Metro Pérez Bonalde.

Las piernas de la polémica

—¿Se puede vivir del teatro?

—Yo viví del teatro. Todo eso me sirvió para criar a mis hijos y hasta a mi madre.

Agradece el día en que su abuela, una india kariña de carácter indomable, impidió los planes de su madre de escaparse con un circo de su San Antonio de Maturín natal. Aquella joven frustrada prometió en venganza que su descendencia tendría que ver con el mundo artístico, y de ese anhelo nació Luisa y la tarea de integrarla, luego de arribar a la capital, a las agrupaciones culturales y a las presentaciones en las emisoras de radio del naciente show business caraqueño que aunque provinciano aún, permitía promover los talentos infantiles.

—¿De la gente del teatro a quién recuerda con especial cariño?

—A José Torres, que está en España y de paso es mi compadre. César Rengifo. Humberto Orsini con quien trabajé en casi todas sus obras. A mi maestro Obregón…

Actuó, bailó, recitó, cantó y educó, desde El retablo de maravillas y el curso de capacitación teatral del Ministerio de Educación –donde comenzó seriamente a estudiar-, hasta sus 37 años y 4 meses (ella misma los contabiliza) en la enseñanza del teatro en diversas instituciones públicas del país. No veía televisión (le dijo a sus nietos en broma) sino que la inauguró, con el inicio de las transmisiones del canal 5 en el año 52, y de Televisa (hoy Venevisión) en el 53. Estudió en Francia e Italia, donde siguió su formación actoral y dancística, para regresar más tarde al país donde continuó sus aventuras por las televisoras esta vez en el canal 8 (VTV), de donde salió por problemas políticos. Continuó ejerciendo en la compañía del teatro del Inciba (luego Conac) hasta que Rodolfo Cárdenas, mano derecha del presidente Rafael Caldera, los botó a todos como un esperpéntico acto de retaliación relacionado con sus convicciones ideológicas, pues Mota también luchó por muchos años desde el frente gremial trabajando en el extinto sindicato de radio y televisión.

—¿Le quedan cosas por hacer?

—Yo digo que sí. Me gustaría haber hecho el personaje de Agripina, la madre de Nerón en la obra Británico del dramaturgo francés Racine.

—Pero aún tiene oportunidad.

—No sé. Me han pasado tantas cosas en este tiempo que me han bajado el afán.

Se refiere a una mala praxis médica que le afectó varias piezas dentales y la postró en el desánimo. Reconocida con las órdenes Luisa Cáceres de Arismendi, Andrés Bello, Francisco de Miranda, hasta hace poco menos de dos años integró la agrupación de calle Ruta Histórica Caminos de Libertad en el centro de Caracas, donde representó a una viuda delirante en su fervor antipatriota, adversa al prócer Francisco de Miranda, hasta que la pandemia lo detuvo todo, incluso su vida, que se suspendió en el aislamiento forzoso por temor al contagio y al caos del Metro.

Se niega a vacunarse contra el coronavirus por un asunto de temor a las consecuencias inesperadas a sus 91 años de edad. Pero no le tiembla la voz cuando advierte que para su desenlace vital desea ser trajeada con la misma camisa de seda roja holgada y mangas largas que luce para la entrevista. Le preguntamos qué mal la aqueja y nos revela que únicamente la hipertensión.

ÉPALE 454