Lydda

Por  Ana Cristina Bracho • @anicrisbracho / Ilustración Astrid Arnaude • @loloentinta

Para pensar a Lydda, oiga el roce de la tela sobre el asfalto, dibuje ante usted una nube de humos de cigarro, sienta una risa como de guacharaca, una silueta de formas morenas, curvas, redondas. Manos pequeñas, colores varios. Cabello negro, liso. Esa Lydda, ya con sus libros, ya con sus pasos, es la mujer que quiero contarles. Esa que cuando cumplía años iba a internarse en un patio a escuchar cuatros y voces, a celebrar, entre collares de bolas y frascos de perfume.

Lydda la que escribía mientras fumaba, la que caminaba lento, la que estaba en el compromiso puro, que sabe que lo que cuentan son las acciones y no las etiquetas. La que sufre la reprobación cuando escribe los mismos poemas que hoy le valen la admiración. Lydda bajó de la montaña, donde nació rodeada de verdes y marrones, de amargos y ácidos.

Su escritura tiene sus propios signos. El primero es la honestidad. Asumir los días y sus pesos, las contradicciones a las que siempre están expuestos quienes, asumiendo su paso por el mundo, quieren cambiarlo. Las tareas que le tocan a una mujer que tiene cuerpo y se reproduce, que le toca enfrentar el mundo lleno de desdichadas secretarias, de trastos que no han aprendido a lavarse solos y en el que, mientras la vida avanza, uno va teniendo ausentes, a los que invita a que pasen cuando vienen de visita.

Los ojos de la mujer que yo conocí, tuvieron dos momentos. La picardía plena rodeada de hojas, de cuadros, de voces. Con su Mirna, cargándole cuadernos y anunciando libros. Luego, están los ojos del después. Pues un mal día, en una ruta cuyo nombre no importa, en un accidente Lydda conoció el desgarro mayor, la muerte de su hija y entonces el tiempo transcurrió como un gotero, diluida en la esperanza del reencuentro. Así, había quedado con una herida infinita en el centro de su pecho. Cuando murió, la encontraron, como un poema que escribió, tendida a ras de luna. Allí partió para ser, para transformarse en la risa desvergonzada que se cuela en sus versos.

ÉPALE CCS N°477