Madres de Épale: Amor color verde incondicional

Por: Mairelys González / Coordinadora de Fotografía

Empezar a hablar de mi mamá sin nombrar a mi abuela es imposible. La señora popular en el barrio por sus helados de hongos, la que le cantaba con una voz bellísima a los pajaritos mientras le soplaba el alpiste y les cambiaba el agua, la que se paraba todos los días a las cinco de la mañana a lavar el patio y regar las plantas, esa, que hacia los mejores buñuelos de yuca y el picante con leche. María Linares.

Ahora, mi mamá, me puso Coromoto como ella por una razón, pero a mí me gusta mi nombre por otra. La que me crió a punta de chatarritas y salsa erótica, me inculcó amor por el color vinotinto y el tejido, de quién copié la habilidad de vestirme todos los días como si fuera a un desfile de modas, porque el buen gusto se lleva en la sangre aunque sea para la ropa (porque para los hombres es otra historia). Esa si es verdad que ha estado en todos los momentos siempre dispuesta a ayudarme, aun si yo no quiero. Le digo: necesito una foto de astronautas para ya, y busca donde sea el vestuario, se maquilla, se peina y me ayuda a resolver la pauta. Esa, que se ha sacrificado sus propios intereses para apoyar a los demás.

Ella, me ha enseñado cómo ser mamá. Con ella me puedo sentar a comer un brownie especial para celebrar su cumpleaños sin problemas porque la vida le ha enseñado que los tabúes y patrones sociales no te dejan disfrutar la vida como es. Así que a la verga, estamos juntas y eso es lo que importa.

De la que no heredé los ojos verdes, (pero en algún gen los tengo y me consuela).

Yo soy totalmente contraria a ella en muchas cosas. No es el modelo clásico, perfecto, correcto, pero es mi mamá, humana, sensible, bella y así la quiero. Carmen Coromoto Ramírez Linares.

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