Madres de Épale: «La flaca»

Por: Andrea Quiñones Rubio / Directora

Amorosamente así la llamaba mi papá y sus amistades más cercanas.  Nació en Viña del Mar, Chile. Es la tercera de cuatro hijos que tuvo mi abuela (ambas con el mismo nombre) y que también fue mi madre. Siempre admiró a su hermana mayor Sonia, por ser aplicada, bondadosa e inteligente. Cuando quedaron huérfanos de su padre (capitán republicano refugiado de la guerra civil española), mi madre iba a la escuela con un hueco en la suela de sus únicos zapatos, le hacían sus cuadernos de páginas sobrantes y heredaba la ropa de su hermana.

Devoradora de periódicos y libros, aprendió a leer a los 3 años, quizás de ella heredé el querer aprender a leer a esa edad y mi hija se pegó en esa cola. La recuerdo haciendo su tesis y enseñándome la letra  “A” y la “a” solo por solicitud mía, o llegar muchas veces del colegio o del liceo y no tener listo el almuerzo porque estaba en su cama, leyendo. La cocina era más tarea de mi padre.

Una vez la invité a un Encuentro de Intelectuales en Defensa de la Humanidad, se hizo famosa porque los había leído a todos y ellos felices escuchando sus conversaciones, mientras mi papá moría de los celos. Terca y conversadora desde su adolescencia, aprendió a tocar guitarra como si fuera diestra pero siendo zurda, compartió con sus hermanos y amigos el placer de cantar, bailar, fumar y no faltar a ninguna fiesta de su colegio o barrio, sin dejar de ser una buena estudiante.

De ella aprendí a no necesitar ropa de marcas, que uno es quién es por lo que hace, por lo que sabe y lo que piensa. Mis padres dejaban que mi hermano que a los 14 años usara cabello largo y zarcillos en la época de los 80’, las tareas de la casa se repartían en partes iguales entre todos, también le enseñaron a mi hermano que las mujeres tenemos días sensibles cada 28 días. Ella nos enseñó valores, principios morales y políticos con el ejemplo, como la honestidad, la bondad, la igualdad.  No me permitía una mentirilla blanca, me dio mi tanganazo cuando sacaba 16 y no 20. Asumió todo lo que decidió y lo que le tocó. Al llegar a Venezuela en 1978, nos enseñó a amarla y ahogó su tristeza por dejar a su país y a su familia, sacó fuerzas para trabajar en lo que no había estudiado y montó una lavandería automática donde cargaba kilos de ropa y trabajaba hasta la 1 am, también tuvo uno de pollos a la broaster.

Amo a esta mujer obsesivo compulsiva con la limpieza, perfeccionista, controladora, franca, humana, bondadosa, solidaria, que nunca alardea todo lo que estudió y sabe, acertada en sus análisis políticos. De izquierda, chavista y rojita hasta la médula.  Asumió este país como suyo y aún reside en Venezuela. En mayo de 2015, después que mi padre murió, me dijo: “no te preocupes por mí, que yo no me voy a morir todavía”.

“La flaca”, uno de mis grandes amores, es fiel copia de la original: su madre.

ÉPALE 412