Malos Hábitos de Francisco Ardiles

Por José Javier Sánchez • malaslecturasccs@gmail.com /Fotografía Mairelys González

Hace muchísimos años leí ‘Opiniones de un Payaso’ de Heinrich Böll, una novela que me sorprendió y se quedó dialogando en silencio conmigo hasta el presente. La fuerza de cada palabra, la forma de dibujar la derrota, la capacidad de atrapar al lector en esa narrativa se alojó en mi conciencia y en mi experiencia de lector.

Años después de esa grata experiencia, la poesía venezolana me obligaría a reesculcar ese gozo, ese dolor, esa explosión de placer silencioso que a veces nos deja sin palabras para asirnos a eso que logramos sentir en la lectura de algunos libros. La poesía contemporánea no minimiza su capacidad de asombrar a lectores de todos los gustos y exigencias. Al hacernos testigos de cómo un poeta de post guerra, post apocalíptico, cómo un poeta que carga la desazón en los sentidos, que observa y siente, sobrevive en una sociedad emboscada por la desesperanza. Desesperanza que no lo lleva al suicidio, ni a llanto desgarrado, ni a la pataleta.

Malos hábitos (2011) publicada por Francisco Ardiles, mi hermano, poeta, crítico, y megáfono, encarna al hombre que le canta a la dimensión humana de su tiempo, de este tiempo. Su asombro ante la cotidianidad no lo obliga a idealizar ni a ejercer sobre ella absurdos elogios. El poeta es espectador y protagonista de un tiempo ilustrado con una paleta de tonos ocres, donde adereza el sinsabor con las especies más finas provenientes de la palabra. No es necesario hacer acto de presencia en el campo de batalla bélica, ni dar testimonio de las laceraciones, las decapitaciones y los ajusticiamientos. El poeta también canta a ese estadio del ser que se caracteriza por el sinsabor en el paladar, en la mirada panorámica, en la vida.

Malos hábitos, para mí, es una obra caracterizada por esa atmósfera que no aspira complacer, ni asombrar, ni entretener a los lectores. Si asistimos a ella abiertos al poder de explorar otras posibilidades inmersas de    ntro del lenguaje poético, de seguro saldremos victoriosos y habremos ganado para nuestro haber, otra oportunidad de disfrutar y crecer desde el lenguaje. La señora Gladis da fe de ello.

La señora Gladis

La señora Gladis

sirve café en una oficina sin ventanas

de donde nunca entra ni sale un poco de fe

un poco de luz

o al menos el aroma del atardecer

La señora Gladis es una mujer corriente y atenta

que sabe reír sin recelo

tiene 48 años mal llevados

come más o menos

anda

ya no corre

llora a solas

ve todavía bien

con ambos ojos

se entristece

y una vez al año

hace el amor

La señora Gladis

sabe de un dolor

de una migraña crónica

irremediable

y tiene dos hijos comunes y corrientes

que terminarán sirviendo té

cortando telas

o vendiendo conservas

en alguna oscura tienda de la costa

La señora Gladis no lee revistas de moda

ni diarios de economía

sólo los recoge de los escritorios

porque no los entiende

nunca va al cine

porque no tiene con quién

cocina sin mucho condimento

porque no ha recibido clases de gastronomía

no usa reloj

ni zapatos finos

pero hace un sabroso café

La señora Gladis cojea

cuando se le viene encima

la tristeza

o las secuelas de un mal recuerdo

cuánta rabia me da

cuando cojea.

ÉPALE 413

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