Mamantes

Por Marlon Zambrano@marlonzambrano / Ilustración Erasmo Sánchez

Por más que algún jodedor diga que en la lactancia exclusiva andamos todos los venezolanos, porque nos la pasamos mamando, se trata de un debate no exento de terrorismo gracias a la insistencia del mercado y de algunos médicos vendidos al sistema que insisten en que es necesaria la fórmula infantil y lo que es peor, la leche de vaca completa, de esas que tanto daño le hacen al organismo y a la cartera.

Mi hijo del medio, el sándwich como le llamamos en los bajos fondos, mamó teta hasta los cuatro años. Y no cualquier teta sino la inmensa ubre de la madre, una pieza carnal estrafalaria que proporcionó leche hasta el día en que de un arrebato de obstinación, la mujer casi corre al carajito de la casa.

Ni corto ni perezoso, desde ese momento el chamo comenzó a comer de todo, con fruición y lujuria (realmente lo hizo desde que nació) y hoy, con trece años, deglute todo lo que se le atraviesa pero además, se acuesta al lado de su madre para sobarle la teta hasta conseguir la calma e incluso quedarse dormido.

La historia oficial cuenta que a finales del siglo XIX y comienzos del XX se impulsó la llamada “pseudoprofesionalización” de la lactancia y la crianza, con lo que algunos investigadores iniciaron la búsqueda de un sustituto de la leche materna para reemplazar la lactancia natural en medio del ajetreo de una humanidad lanzada a la conquista del futuro con fe ciega en las tecnologías. La mayor parte de las soluciones eran a base de agua, azúcar y leche de vaca. Pronto la industria química y los comerciantes (Henri Nestlé, por ejemplo), entraron en el campo de la alimentación infantil y las madres de la época se convirtieron en sus rehenes.

Nuestra idiosincrasia mestiza permitió que la lactancia fuera acompañada de menjurjes atómicos, como teteros de maíz, caraota o arroz, para tributar ese otro mito de que solo el niño gordo está sano. Pero lo que más trastocó la alimentación de los lactantes fue esa sociedad esnobista de clase media o aspirante a serlo que desde mediados del siglo XX, influida por la propaganda y la medicina acomodaticia, asumió todos los designios de la industria de la alimentación hasta el punto de sugerir que la lactancia exclusiva es perjudicial y solo la fórmula permite el desarrollo sano del infante.

Olvidaban, sin querer queriendo, que de la teta provienen los nutrientes equilibrados, sustancias inmunológicas, hormonas, enzimas, factores de crecimiento y células inmunoprotectoras que ofrece el ser humano de forma natural y además, gesta una conexión insustituible de pieles entre madre e hijo, lo cual redundará en salud física, espiritual y emocional, a veces para siempre.

ÉPALE 433

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