Margot

Por Ana Cristina Bracho • @anicrisbracho / Ilustración Astrid Arnaude • @loloentinta

Por al menos media hora, Pablo Picasso supo de Armando Reverón. Lo descubrió del ojo de la mujer que es considerada pionera de nuestro cine, pues fue a través de una obra de Margot Benacerraf que lo hizo. Margot era una venezolana que conocía ya parte del mundo cuando en Caracas la toca la curiosidad que existía por Armando Reverón, a la que se entrega, inmortalizándolo en un corto que escribe y dirige. Fue esta pieza, que ya había ganado algunos galardones, la que Pablo Picasso le pidió exhibir.

Esa película documental nos descubre un día de la vida del pintor de Macuto que vive alejado de la ciudad y sus artistas, con Juanita y sus muñecas. A lo largo de la película, se dibuja un creador en su trabajo, con su personalidad y matices. Después de verla, Picasso le pide a Benacerraf que le acompañe, que le filme por semanas, creando un material cuyo rastro se ha perdido.

Antes de ser cineasta, Margot había estudiado filosofía y letras, también escribía. Por ello, se ganó un premio Panamericano por un ensayo y luego, otro de la Universidad de Columbia, por una pieza de teatro. Estando en Nueva York, descubrió el cine y se mudó a Paris.

En el set, la gran cineasta creó dos clásicos: Reverón y Araya. Pero allí no se agotó su empeño, trabajó intensamente para darle al país un esqueleto para nuestro cine, apoyó la creación de todo un sistema, con festivales, un espacio denominado Fundavisual Latina que había ideado junto a Gabriel García Márquez y procuró la creación de la Cinemateca Nacional de Venezuela.

Hoy, cerca de los cien años, Margot Benacerraf sigue siendo una de las mujeres creadoras más importantes que ha tenido Venezuela. Llena de honores como salas de cine que llevan su nombre, es una silueta que nos muestra que no hay espacios que no puedan domarse y que seguir nuestra pasión es una buena ruta para una vida extraordinaria. Su trabajo también exhibe la belleza de nuestro pueblo y nuestro arte, dándonos razones para sonreír.

ÉPALE CCS N°478