Mayo según los revoltosos franceses

“Debajo de los adoquines está la playa”: si los estudiantes y obreros franceses hubieran profundizado y hecho carne y hueso con ese lema, tal vez hubiese florecido una bonita o grave revolución. No la hubo, pero sí hubo rebelión.

Por José Roberto Duque@JRobertoDuque / Ilustración Daniel Pérez

Del “Mayo Francés” se ha dicho que fue una exitosa revolución fracasada: aunque su dirigencia no asaltó el poder ni derrocó ningún gobierno, creó una conmoción de tal profundidad (era 1968) que casi nadie se ha atrevido a demostrar que la sociedad occidental no sufrió un estremecimiento de esos que duelen y dislocan. Como suelen comenzar los movimientos de envergadura, comenzó en un margen, en esa condición marginal que los grandes analistas de “actualidad” desdeñan.

Un asunto tan doméstico como el cierre de una universidad, Nanterre, generó violencia callejera, y ese episodio pudo haber quedado allí. Pero un efecto rebote del ardor de la juventud rebelde trasladó la furia y las miradas hacia esa otra universidad que sí era y sigue siendo referencia de la distribución de saberes, ignorares e ideología en el mundo burgués: La Sorbona. Miles de muchachos se fueron hasta allá armados de más consignas que poder de fuego, y la policía (que sí tenía poder de fuego) cometió el error de encarcelar a centenares de ellos y herir a varios manifestantes. El 3 de mayo La Sorbona estaba ocupada por un movimiento tan multicolor, laberíntico y rico en propuestas de todo pelaje, que los sindicatos de obreros decidieron arrimarse a la ola y declararon una huelga general, con lo que el pequeño estallido se convirtió en un fenómeno nacional en la Francia de Charles De Gaulle.

El famoso héroe de guerra, viejo ícono de una Francia tan gallarda como conservadora, se vio de pronto desbordado por aquel mezclote de hippies, intelectuales, trabajadores encolerizados, ecologistas, feministas y tirapiedras. Detrás o al frente de toda esta zambumbia, figuraba un movimiento estudiantil, una de cuyas figuras visibles era un tal Daniel Cohn-Bendit, joven de 22 años, pico ‘e plata y atrevido, llamado Danny “El Rojo” para mayor espanto y susto del establishment. Una de sus primeras hazañas públicas consistió en haberle dicho en la cara al señor rector de la universidad que su discurso había estado muy bueno, pero que no se lo mamaba porque no había dicho ni una sola palabra sobre la sexualidad en los jóvenes.

Atención con el nombre de ese muchacho, que volveremos a nombrarlo al final (porque siempre hay que nombrar a alguien en los cierres).

“Cuando esto se termine…”

Tal vez hemos leído y escuchado varias veces en estos días la expresión “Cuando esto se termine habremos cambiado, no tendremos normalidad”. Pues en mayo de 1968 uno de los lemas o eslogans que prosperaron fue precisamente uno que se le atribuye a ese joven líder estudiantil: “Ni el mundo ni la vida volverán a ser como eran”, dijo. Tal como ahora, la enormidad del sacudón hacía pensar que, en efecto, ninguna estructura iba a salir ilesa.

Como toda fórmula o sentencia corta y concisa (pregúntenles a los creadores de Twitter), la bicha presuntamente creada por Cohn-Bendit vino acompañada de toda una colección de lemas que le hicieron competencia. En algún momento, en efecto, el “Mayo Francés” pareció más bien un certamen de pintas callejeras; “Haz el amor y no la guerra”, “Prohibido prohibir”, entre muchas otras provocaciones, tuvieron en ese momento y lugar su origen y trampolín.

Es verdad que Francia quedó paralizada por largos días y semanas, sin transporte público, con las fábricas plegadas a la huelga o paro total; los aeropuertos suspendieron todos los vuelos. Los medios del Estado solo transmitían propagandas de apoyo a la huelga. La sensación de colapso que hemos vivido los venezolanos otras veces en lo que va de siglo se apoderó de la ciudad emblema de Occidente, de su cultura cosmopolita, con una pequeña diferencia (o dos): en todo aquel movimiento multiforme y más desparramado que con criterio de unidad no había ningún factor que exigiera, pidiera o insinuara la dimisión del gobierno francés. Había, eso sí, menciones de repudio al antiimperialismo, a la guerra y a la carrera nuclear; vivas a Vietnam, al Ché recién inmortalizado y a la Revolución Cubana; hubo tribuna y calle pareja para el feminismo, los derechos sexuales, el ecologismo, la Revolución Cultural china, la lucha contra el racismo. Parece ser una convención generalizada el que el Mayo Francés “hizo que se pasara de una izquierda generalista a unos izquierdismos especializados”, interesante conclusión que deberían tener en cuenta los movimientos y tendencias continuadoras de nuestros millenials, enfrascados en asuntos que parecen novedosos pero que ya sus abuelas propagaban con saña por todo el mundo (ya que la coñaza no murió en París sino que tuvo réplicas ardorosas o tibias en casi todos los países).

Transcurren las semanas; el veterano De Gaulle aprovecha la crucial fisura que deja el movimiento (la casi absoluta falta de codicia o ambición de poder de una dirigencia que se perdía en la turba desaforada), propone unas reivindicaciones y unas concesiones a los obreros y a los estudiantes, y lo que comenzó como un voraz incendio se apagó con el primer manguerazo.

Según los intelectuales “cambió el mundo” (y cómo rebatirles nada a Simone de Beauvoir, a su marido “yan pol desastre” y a los grandes pensadores de la izquierda chévere europea): estallaron los discursos contra parcelas del sistema (el racismo, el machismo, el armamentismo, la mojigatería), pero el sistema siguió explotando obreros, despedazando países y enriqueciendo a los ricos.

En cuanto a aquel muchacho, Danny El Rojo, cuyo verbo deslumbraba y hacía acabar a millones de jevas y chamos de pelo largo y lentes redondos en todas partes, con los años envejeció por dentro y por fuera. Hasta hace poco fue eurodiputado por un mamotreto ecologista alemán y hace unos años se le vio picándole el quesillo a Macron en su campaña presidencial. Previsible y triste.

ÉPALE 370