Mejor ni te cuento: Alicia

                                                 Por Ana Cristina Bracho • @anicrisbracho                                                 Ilustración Astrid Arnaude • @loloentinta

¿Tú imaginas tener todo el éxito asegurado, la fama y las fotos, los noticieros dispuestos para ti y volver a casa? Volver porque tu camino no se agota en ti y quieres hacer escuela. Seguir, aunque las tentaciones y el cansancio sean mucho y a veces pienses que has elegido el camino más pedregoso. Ese que siempre parece quedarse en América Latina, tan periférica, tan bajo la lupa, con esa sensación que el techo está abajo y esa obligación de subir el cielo con los propios brazos.

¿Tú te acuerdas del cuerpo que tuviste de niña, aquél que bailaba y subía los árboles? ¿De un día en un tutú, de unos zapatos de baile, de la piquiña de las medias y quizás de un peinado que huele a laca y ajusta demasiado? Una vida toda para bailarla y un camino en el que una renuncia es también una entrega que conducirá a una mujer a convertirse en una verdadera leyenda.

Hablemos por primera vez en estas líneas de una bailarina, una que se llamaba Alicia Alonso y era latina, de nombre y de formas, de convicción y dedicación. La inmensa Alicia se hizo en Cuba, donde nació, en España de donde venían los suyos y en Nueva York, donde aprendió porque no había antes que ella la hiciera una verdadera escuela en la isla y quienes querían profesionalizarse bailando tenían que irse.

El pie en punta, tatata, más arriba, más rápido, más lento. Un baile para su propia forma de cuerpo, una escuela para su propia isla, un bailarín que convencer o que hacer para sus propias bailarinas. Bailar incluso cuando la vista le empezó a fallar porque se le salía el alma a través del movimiento como llegan las olas a chocar en el malecón de su ciudad. Bailar porque era su forma de soñar y de hacer que otros lo hicieran con ella porque esa también es una manera genial de vivir, si eso te pide el cuerpo.

ÉPALE 461