Mejor ni te cuento: Mujeres de la tierra

Por Ana Cristina Bracho@anicrisbracho / Ilustración Yulia Pino@arte_moon88

Cuando nuestros abuelos eran niños, Venezuela era todavía un país rural. De la tierra venía el dinero y el alimento. Por un tiempo creímos que el café sería nuestra riqueza, luego que el cacao. Venezuela era famosa por su fertilidad, por la manera en la que parecía tener todos los climas, los tipos de suelos y las intensidades de lluvia. Martí, por allá en el siglo XIX, en alguno de sus viajes anotó con asombro como había una diversidad de frutas que hacía delirar, aunque en Caracas, la gente parecía más entretenida por el acontecer de Francia que por el potencial nacional.

Para él, además de la fertilidad, esta tierra se distinguía porque todo aquí es bello. Basta con mirar al cielo para ver los colores de las aves para saber que, por acá siempre es primavera y el paraíso no está tan lejos. Por esos tiempos no se hablaba –ni con alegría, ni con tristeza- del petróleo y cómo fue creando la realidad que vivimos y las personas que somos.

El mundo rural era todo nuestro universo tras los abatimientos de la guerra y la sucesión política perpetua y violenta. De allí venía lo que comíamos y lo que nos entristecía, aunque recordemos más los rubros que los rostros de ese tiempo y lo que de él subsiste.  Ese mundo lo acabó el petróleo, con sus visiones de la modernidad y sus cheques endosados que recomendaban comprar que plantar, creando una dependencia que aún padecemos.

Sin embargo el 15 de octubre, día de la mujer rural, ella sigue existiendo en esos campos y es quien empuja la rueda que trae el alimento hasta nuestras ciudades. Esas mujeres, hechas de amanecer y de canto, de sufrimiento y ganas. Sus historias, pasadas y presentes, son parte de la deuda que tenemos que saldar para volver a ver más verde el campo.

ÉPALE 434

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