Mejor ni te cuento: Ni Alicia

Por Ana Cristina Bracho@anicrisbracho / Ilustración Yulia Pino@arte_moon88

Cada vez que abro una red social, soy bombardeada por imágenes que me muestran un mundo al que nunca hemos sido llamados. Hay vacaciones en yate, idas y venidas al lujo, pasos por los casinos, maneras de hacer dinero en un solo clic, ni Alicia se imaginó tantas maravillas.

Sin embargo, en mi casa, donde a veces me acuesto a rodar aquel carril de imágenes, hay un sofá donde se sienta alguna gente. Vienen porque les gusta hablar y yo disfruto oír. Sus historias no se parecen a aquellas, hay tacones que se rompen, espaldas que se esfuerzan, ojeras. A veces, incluso son los más talentosos los que llegan en peor estado. Sienten que nadan y nadan pero no llegan a esa vida que se pretende, tan simple como ser Instagramer o TikToker, amanecer y declararse coach.

Son tantas las horas –sin embargo- que pasamos con ese dedito en el celular, que salimos latigados y esclavizados por la simulación de la vida que parece es posible con sólo desearla, con solo pagar el cursito que nos ofrecen. Ante ese espejo, cualquier esfuerzo probo y continuo, lleno de jefes mediocres o de tubos que se rompen, parece una verdadera desgracia, aunque quizás eso sea lo que de verdad es la vida.

¿Qué es lo que somos? Parece –sospecho- que hay mucha más vida afuera. Somos la gente que se ríe de las vainas más jodidas que nos pasan, somos los que vemos cómo resolvemos para que el otro compre pan si se cae el banco y somos los que, guerra o mengua de por medio, llenamos las paradas de buses y los caminos cuando arranca el día. Curioso ese detalle, parece que no hay coachs para la vida sencilla, ni historias de vida que cuenten del hombre que se echa a la mar o de la madre que rinde el pan. Será que para eso hay que tirar el celular y recordar la poesía.

ÉPALE 432