Padres diversos: Mi papá

Por Rodolfo Porras / Columnista de Trama Cotidiana

No tengo dudas que desde antes de tener uso de razón ya lo amaba. Y desde antes de tener recuerdos firmes, tengo su imagen protectora como parte de la atmósfera. Así de importante fue. Ignoro completamente cuán grande es la deuda vital, intelectual y almática que tengo con mi papá.  Sé que tampoco puedo calibrar la dimensión de su entrega, de ese gigantesco y enorme gesto que fue la dedicación a sus hijos.

Tengo recuerdos más precisos del momento en el que comencé a marcar distancia. Él adeco y yo comunista. Él formal y creyente en Dios, yo informal y ateo. ¡Que desperdicio de padre! Con tanto que hay que comprender de la vida, con tanta lucha que hay que acometer. Se quedó en el pasado y el futuro hay que entromparlo, asaltarlo con nuevas ideas. Él tiene la culpa y yo tengo razón. Seguía despotricando bajo sus alas protectoras. Me miraba sin hacer muchos juicios, sonreía con cierta mansedumbre que había ganado con los años, sin que esto le restara su irrenunciable manera de ser, sin doblegar ni un milímetro su amor irrestricto a sus hijos.

Él formal, yo irreverente

Nos robamos dos gallinas del laboratorio de biología del liceo Andrés Bello. Media hora después en el sótano del edificio donde vivía estaba yo dándole vuelta al cuello de una de las aves, Richard Santana le daba vuelta a la otra. El robo había sido perfecto y la rumba en el pequeño apartamento mejor. Faltando una media hora para la llegada de mi papá, se me ocurrió llamarlo para que no se sorprendiera del gentío y la bulla. Me esperaba una mirada adusta y un irse en silencio de mis compañeros. Pero se apareció con una enorme bolsa de cachitos y dispuesto a probar lo que quedaba del sancocho de gallina.

El liceo de Aplicación entraba en la segunda semana de toma. Aún así parecía que mi expulsión era inevitable. De pronto veo cierto revuelo en la puerta. Para mi sorpresa era él que pujaba por entrar, los camaradas encargados de cuidar la puerta se lo impedían. ¡Coño! Pensé… vino a firmar la expulsión. Aún así lo dejamos pasar. “Me llamaron” me dijo casi en un susurro.  Luego se dirigió al montón de estudiantes que nos rodeaban.  Con su loco discurso, poco político, sin conocer a fondo las causas del conflicto, sin una voz potente se ganó a la concurrencia y cuando aseguró que estaba con su hijo pase lo que pase, arrancó aplausos de los alumnos y sorpresa en los profesores.

Ese fue el papá que siempre tuve.

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