Miguel de la Torre: “Los patriotas nos tenían mamaos”

No todo se ha dicho de la Batalla de Carabobo. Épale CCS se aventura a entrevistar al enemigo y desentraña las razones de la derrota española

Por Marlon Zambrano@marlonzambrano / Ilustración Sol Roccocuchi@ocseneba

Miguel de la Torre y Pando fue el mando supremo del ejército español, gobernador y capitán general de Venezuela en el momento en que se escenificó la Batalla de Carabobo, que selló la derrota de los realistas en suelo patrio.

Fue un militar con dotes heroicas nacido en Vizcaya (País Vasco, España) el 13 de diciembre de 1786, pues desde muy joven (con apenas 14 años) ingresó al ejército español y participó en la guerra de independencia de su país contra las fuerzas napoleónicas.

A Venezuela vino a parar junto a las huestes de Pablo Morillo en 1815, enviado en expedición militar a sofocar el levantamiento patriota hasta recuperar la Nueva Granada. Desde entonces comandó los ejércitos de los llanos colombo-venezolanos, siendo ampliamente reconocido por su triunfo sobre el Libertador en la batalla del Hato de la Hogaza (Guárico) en 1817. Luego del Armisticio de 1820 que obligó a Morillo a regresar a España, asumió el mando de las fuerzas realistas y encaró la etapa final de la guerra de independencia de Venezuela con el fracaso total, entre otras razones, por la golpiza sin precedentes propinada por un ejército patriota mal armado y diezmado pero hinchado de dignidad, reforzado por un pueblo que decidió echar el resto como un último lance heroico.

En entrevista exclusiva para Épale Caracas, logramos sus impresiones luego de las continuas derrotas en el campo de batalla.

—¿Qué opina usted de los ejércitos patriotas liderados por Bolívar?

—Joder tío, estos criollos la verdad es que se las traen. Sois la hostia, por todos lados nos querían dar en la madre, ni nos dejaban dormir la mona o echar un kiki como Dios manda.

—Acaba de dejarnos en blanco, a nuestros lectores y a mí. ¿Podría traducirnos?

—Qué todos andaban metidos en el ajo, que se les veía el plumero, por todos lados nos querían dar morcilla.

—Según lo que entiendo, ¿ustedes la estaban pasando del carajo en un club Drag, donde les ofrecieron cocido madrileño?

—¡Que no te enteras! Nos querían pasar por las armas, una gente con muy mala leche, estos sudacas apestosos que nos tenían avistados por todos los flancos para propinarnos la estocada.

—Señor de la Torre, ¿no podría pasarse el chip y hablarnos con acento gallego-venezolano contemporáneo al estilo del de la panadería de la esquina?

—Claro gilipolla, porque yo estoy aquí solo para obedecer a vuestra merced.

—Quedamos peor. ¿Por qué no nos habla con acento malandro-normal?

—¿Qué lo qué?

—¡Mucho mejor! Entonces, ¿nos decía?

Virga marico, qué parranda e bichos esa soldadesca patriota, pero más arrechos los del pueblo, esa gente que andaba por ahí cazando güiris para quebrarnos en esos caminos montaraces y en los caseríos. Yo creo que esos panas fueron los que nos enchabaron el bisnes desde oriente hasta occidente, porque uno los veía retirarse asustados, huyendo de sus casas, y lo que andaban era internándose en los cañaverales para armarse de chopo y puñal, y esperarnos en la pista enculebraos.

—Así somos.

—Yo no sé si así son. En esa época eran todos aguerridos, hombres y mujeres por igual. Saca la cuenta que una vez, antes de la Batalla de Carabobo, yo tenía al coronel José Pereira achantado por los lados de Barlovia, y el bicho, mamao del aplique, me escribió que no que tal: “estos pueblos son más insurgentes que Bolívar; y los que no siguieron a los rebeldes se fueron a los montes, de donde no los saca ni el buen trato ni ofertas; no cuento con un hombre que dé noticias de la posición del enemigo, ni menos que haga el menor servicio en favor nuestro”.

—¿Por eso perdieron en Carabobo?

—¿Quieres más? Los patriotas nos tenían mamaos. A mí me dejaron fue pegado, perdí Caracas, debilité mis fuerzas y dejé a la deriva a Bolívar y su combo en plena campaña de Carabobo, y sin nadie de arriba haciéndome el coro para reforzar los batallones. Y mis oficiales cagados mi rey, pidiendo apoyo, asilo, refuerzos, cualquier vaina que los ayudara a escapar de ese hervidero donde todo el mundo andaba echando coñazo, patada y kung-fu. Ese Bolívar, senda culebra mía. Dizque el Tratado de Armisticio con mi general Morillo en Trujillo en 1820, y el bro lo que estaba era bajándole dos para rearmarse y reforzar a sus ejércitos. Burda e malandro, y eso que la esposa de ese pana venía siendo prima de la mujer mía.

—Pero entiéndanos: Venezuela había agotado su paciencia luego de 300 años de dominio español.

—Ajá ¿y yo tengo la culpa? A mí me estaban pagando mis lucas para frenar a esta parranda de alzados, y bastante jodidos que nos tenían ya en la península los franceses para también venir a entrompar en las américas, donde todo el mundo andaba escamoso. Desde que los panas tomaron Coro, en 1821, me agarraron de sopita. Tu creerás que es joda pero me tenían sometido, sin Facebook ni whatsapp, los zancudos atómicos de los valles de Aragua, el asiento de montar el caballo que no se ablandaba con nada, el calor en los llanos de Portuguesa que no juega carrito.

—Es la historia de la humanidad señor. Los pueblos oprimidos se alzan.

—Y las pueblas. Mano, qué jevas tan cuaimas tienen ustedes aquí.

—Epa, las mejores mujeres del mundo, que ni con el pétalo de una rosa.

—Loco, cómo nos entromparon esas hembras: Josefa Camejo, para no irme muy lejos, que andaba disfrazada de indigente entre Coro y Maracaibo echándonos paja con el ejército patriota. O Leonor de la Guerra y Vega Ramírez, feminazi fijo, que se puso a guindar en una ventana la cinta azul de los patriotas y por eso la sentenciaron a salir por las calles montada en un burro enjalmado y a recibir públicamente 200 azotes. ¿Y las mamis del Batallón de Mujeres de San Carlos? Mano, unas duras.

—Así y todo, hay imperios que todavía nos quieren dominar.

—Van a tener que echarle un camión. Que se lo digo yo: deje quieto al que está quieto, ¿oyó? La última vez que entrompé esa culebra me tocó fue salir pirado para Puerto Rico, pero lo que me salió después fue gozar en la isla porque desde que el pranato de la monarquía me nombró capitán general y gobernador, se me ocurrió un estilo de gobierno que llamé de las “Tres Bes”: baile, botella y baraja, porque si tú te pones a ver, un pueblo entretenido no piensa en rebeliones. Cartelúo.

ÉPALE 417