Neutralidad cuando conviene

Por Gerardo Blanco@GerardoBlanco65 / Ilustración Justo Blanco

Uno de los pilares en los que se levanta todo el entramado mundial del deporte está siendo profanado por las mismas organizaciones como el Comité Olímpico Internacional (COI), la FIFA, la UEFA, o la Federación Internacional de Atletismo (World Athletics), que vendían la vana ilusión de que la política y el deporte eran agua y aceite que no podían mezclarse por ninguna razón.

De allí que la sacrosanta Carta Olímpica señala en sus principios fundamentales que las entidades que la conforman deben mantenerse al margen de las diatribas políticas, pues “como el deporte es una actividad que forma parte de la sociedad, las organizaciones deportivas, en el seno del movimiento olímpico, deben aplicar el principio de neutralidad política”. Y además garantizar el disfrute de las actividades deportivas “sin ningún tipo de discriminación, ya sea por raza, color, sexo, orientación sexual, idioma, religión, opiniones políticas o de otra índole, origen nacional o social, riqueza, nacimiento u otra condición”.

Bajo el principio de esa supuesta “neutralidad” el olimpismo siempre se hizo de la vista gorda ante los conflictos bélicos y la naturaleza de los gobiernos. El COI no tuvo problemas en otorgar la sede de los Juegos Olímpicos de Berlín 1936 al gobierno nazi de Adolf Hitler; la FIFA también miró para otro lado cuando aceptó que la brutal dictadura de la Junta Militar presidida por Jorge Videla organizara el Mundial de Argentina 1978; y toda la gloria del Real Madrid se edificó en la Liga de España y los torneos de la UEFA bajo el auspicio político y económico que aportó el fascismo del general Francisco Franco a la directiva merengue.

¿Qué responsabilidad pueden tener el Comité Paralímpico y los atletas rusos con discapacidad por la guerra desatada? Ninguna, porque según la Carta Olímpica existe un principio de neutralidad que rige el deporte. Pero el Comité Paralímpico Internacional vetó la participación de los atletas rusos y bielorrusos (un país que paradójicamente propicia el acuerdo de paz entre Rusia y Ucrania) de competir en los Juegos Paralímpicos de Invierno de Beijing 2022.

¿Son culpables los futbolistas rusos de la crisis política propiciada por Estados Unidos y sus súbditos de la Unión Europea, que empujaron a Ucrania y Rusia a esta terrible confrontación? No, pero la FIFA eliminó de un plumazo a la selección de Rusia, país organizador del Mundial de 2018, y le robó el derecho de disputar el partido de repechaje ante Polonia para clasificar a Catar 2022.

Nadie está a favor de ninguna guerra, todas son un “monstruo grande y pisa fuerte, toda la pobre inocencia de la gente”, como cantaba la trovadora argentina Mercedes Sosa. Pero tampoco se puede ser indiferente contra la hipocresía de las instituciones que controlan el deporte a su real conveniencia.

ÉPALE 453