Ni tan “hospitalarios”

Los análisis no dan para sentenciar que todas las sociedades son xenófobas, pero siempre es bueno hacer memoria de algunos momentos en que fuimos crueles o injustos con otros pueblos

Por José Roberto Duque@JRobertoDuque / Ilustración Erasmo Sánchez

La memoria y la maltrecha hemeroteca que tengo a la mano no dan para obtener el dato preciso, pero sí recuerdo el episodio: en los días siguientes al sacudón de febrero-marzo de 1989 un ministro de Carlos Andrés Pérez se amarró los cojones para decirle a la prensa, con claridad olímpica, que los disturbios y saqueos los habían promovido los buhoneros colombianos y ecuatorianos. Que los venezolanos no éramos así, que esas habían sido vainas de cotorros y extranjeros marginales. Fue tan grave el despropósito que el mismo Carlos Andrés Pérez salió al día siguiente a corregirlo. “No, este es un problema entre venezolanos”.

Lamento profundamente no tener a la mano el nombre de aquel ministro (el sistema Carbono 14 a veces pierde información), pero lo esencial del fenómeno es lo importante, porque ese dictamen asqueroso se instaló en el imaginario de mucha gente en aquellos días y floreció como florece la hierba más dañina en los sembradíos. Todavía queda, en cierta franja de la población, la idea o percepción de que nosotros éramos chéveres y decentes y que vinieron “los extranjeros esos” a jodernos nuestro paraíso.

También se ha propagado un fenómeno que no es malo en sí mismo: la rememoración de cuán crueles fuimos como sociedad cuando, durante las mieles de la abundancia de los años 70, el país se nos llenó de colombianos desplazados y aquí los recibimos porque eran mano de obra barata. Eran trabajadores y jornaleros, le aportaron energía física a las labores que los venezolanos de cierto segmento social despreciaban, porque trabajar con las manos les parecía un asunto despreciable y sucio, que les contaminaba su condición de citadinos profesionales y cosmopolitas. Sucias y despreciables les pareció también la música y las costumbres que trajeron, y ahora no hay forma de que detengan la enorme alegría que le imprimen Los Corraleros de Majagual a cualquier parranda de gente pobre, gente de verdad.

Cuando se desplazan los pueblos se llevan consigo todo lo que son, toda su cultura y sus formas de vida o de sobrevida y, en ese equipaje, se llevan cosas buenas y malas, así que no había forma de que no vinieran delincuentes entre la masa de inmigrantes. Comenzaron a pasar cosas escandalosas y era muy fácil y muy verosímil atribuirles todo lo malo a los que llegaban. El gentilicio de Colombia pasó a ser un insulto: llamar colombiano a un hombre era llamarlo ladrón o asesino, y llamar colombiana a una hembra era llamarla puta. Las pobres y viejas eran empleadas como domésticas y el vocablo “cachifa” se convirtió en materia indigna. Las cachifas colombianas (y andinas de por aquí mismito) les permitieron a las mujeres de las clases medias y altas salir a la calle a ser explotadas, ya no por el marido, sino por la fábrica, la empresa y el Estado; y ni siquiera ese acto de “liberación femenina” se le agradeció nunca: la cachifa que me cuide los muchachos mientras yo salgo a ser profesional como mi macho. Esclavizadas, insultadas, vejadas en todas las dimensiones de su humanidad miles de colombianas criaron a miles de venezolanos.

En haciendas y grandes plantaciones del municipio Torres del estado Lara sobrevivió hasta hace poco, pero poquísimo tiempo, el sistema de esclavitud consistente en captar jornaleros a cambio de comida y rancho donde vivir, a veces con pago, pero no en bolívares, sino en una ficha que solo podía gastarse en las bodegas propiedad del dueño de las haciendas. Como a lo largo del siglo XX las rancherías y fundaciones fueron convirtiéndose en caseríos y pueblos, los naturales y habitantes de esos pueblos eran, de hecho, propiedad de los terratenientes.

Durante mi infancia oí hablar, en Carora, de la sobrevivencia del derecho de pernada y otros detalles medievales, que los muchachos de mi edad contaban como una hazaña: las mujeres de la hacienda tienen que darle culo a mi papá antes de casarse. Cuando el pueblo de Venezuela fue adquiriendo conciencia de su historia esa llaga se fue eliminando, pero en plena revolución se detectó todavía la presencia del trabajador indocumentado que laboraba bajo una forma de secuestro y bajo la amenaza de entrega a las autoridades y a la deportación si le daba por exigir un trato digno. Tal vez haya desaparecido ese fenómeno, debido a que ahora somos nosotros quienes enviamos legiones de desesperados o aventureros para allá.

La xenofobia, hermana perversa de todo nacionalismo, tiene su origen remoto en la proclividad humana a la agrupación en clanes y como origen más reciente en la creación de Estados nacionales. El capitalismo puso el ingrediente que faltaba para convertir la división en tragedia: la lógica de la competencia y “si meas de esta rayita para acá te declaro la guerra y te mato a 1.000 personas” es un constructo tan eficiente que lo hemos convertido en ley: MI patria es mejor que la tuya, TU patria es inferior. Ingrediente venezolano: porque MI libertador te libertó. En vez de libertarnos, la idea de un Bolívar que es el papá y el puto amo de todo el mundo en esta mierda nos ha convertido en engreídos, y contra ese engreimiento (y no contra la nobleza de nuestro pueblo) suele reaccionar la locura xenófoba donde quiera que nos vean.

El absurdo de las líneas imaginarias que separan a las repúblicas ha fomentado paradigmas idiotas de identidad y hermandad que, de pronto, se convierten en enemistad artificial: un ser humano de Ureña se parece más a uno de Cúcuta que a uno de Güiria, pero la norma que obliga a pensar en términos de “lo venezolano” indica que el de Ureña debe odiar al que vive a 500 metros y sentirse hermano del que vive a 2.000 kilómetros, a cuyo pueblo no irá jamás, ni por accidente. De vez en cuando aflora, también, la grandiosa idea de invadir el territorio Esequibo y llamarlo estado Guaicaipuro, sin preguntarle a la gente que vive allá (porque eso no es una selva despoblada) si tiene ganas de ser venezolana o si sabe quién coño era Guaicaipuro.

Tema abierto, como las heridas sangrantes.

ÉPALE 362