Osho: el gurú del capital

Por Marlon Zambrano • @marlonzambrano / Ilustración Erasmo Sánchez

“¡Líbrame del agua mansa que de la brava me libro yo!”, exclamaba mi abuela para justificar su temor natural a la gente de gestos piadosos; esos meditabundos que, siguiendo su extenso repertorio de sabiduría popular, parece que no rompen un plato y quiebran la vajilla entera.

No es necesariamente el caso de Osho, pero puede que sí, en la medida en que a partir de su aspecto de monje sereno en actitud de ayuno y reflexión, movió el interés de una enorme “clientela” integrada en su mayoría –durante su etapa de mayor apogeo- por excéntricos millonarios norteamericanos y europeos, prestos a donar mucho dinero y codiciados tesoros como diamantes tallados, lentes de sol con incrustaciones en oro o autos Roll Royce, a cambio de recibir la iluminación.

El caso es que Bhagwan Shree Rajneesh (Osho) fue un orador magistral que perfeccionó sus tácticas con el estudio de la filosofía y el conocimiento profundo de su India natal, que recorrió de extremo a extremo hasta adquirir las herramientas para criticar con propiedad al establishment (renegaba del budismo, el hinduismo, el cristianismo, el islamismo, de Mahatma Gandhi) y crear su propio movimiento religioso: el rajnish, cuyas bases sentó en la ciudad de Pune en 1974 con su propio centro de meditación.

Su fama se hizo astronómica cuando al trasladarse a los Estados Unidos por asuntos médicos decide fundar su sede en Oregón en 1981, donde transcurrió su verdadero auge y caída imperial.

No se desestiman sus aportes al conocimiento espiritual de la humanidad y al intento de quebrar las convenciones establecidas por las religiones dominantes. El asunto es que a la par crecían su peculio personal y el alcance de su inmensa “corporación religiosa”, mientras sus feligreses se empobrecían viviendo en comuna tras entregar prácticamente todos sus recursos.

Tampoco fue que engañó a las mayorías: desde un principio propugnó un cuerpo filosófico que planteaba la libertad sexual, el humor, la creatividad, la celebración, la valentía, por lo que fue bautizado como “el gurú del sexo” o “el gurú de los ricos”, tal cual lo expresa el polémico documental Wild Wild Country del servicio de
streaming Netflix.

A su muerte en 1990, con apenas 58 años de edad y de nuevo en Pune tras una dura campaña internacional que le costó su expulsión de norteamérica y la prohibición de entrada a por lo menos veinte países del orbe, dejó un inmenso legado que administra la Osho International Foundation (OIF), con ganancias estimadas en el 2000 de entre $15 y $45 millones anuales solo en los Estados Unidos.

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