Padre mío

Por Humberto Márquez / Ilustración Erasmo Sánchez

Es curioso, pero no me había detenido a pensar en boleros de padre, e imagino que deben ser poquísimos, tal vez porque muchos compositores y cantantes eran hijos de madres solteras y padres irresponsables, como solía ocurrir a mediados del siglo pasado en pleno apogeo del bolero. Más bien, y contra todo pronóstico, el tango fue más pródigo en esto. Sino que lo diga Piazolla con ‘Adiós Nonino’, a la muerte de su padre, o el cantado por Julio Jaramillo, ‘Padre mío’ que conseguí al azar, y resultó ser un tango de Roberto Cardé y Graciano Gómez. También argentinos, ‘Mi viejo’, el que cantaba Piero; y el que coloqué en la radio recordando a mi hermano Magallanes, cantada por mi gran amigo Facundo Cabral, ido también hace algunos años, y Alberto Cortez, autor de “Cuando un amigo se va, algo muere en el alma”, que dedicó a su papá, quien para él fue su mejor amigo.

El sueño de todo hijo es tener el padre amigo, esa figura de ensueño tan difícil de lograr. Efraín Márquez, el padre mío fue mi amigo, no digamos que un panita burda por su formación militar y ganadera, pero cómplice de aventuras, ya he contado que el día que se presentó la edad del amor, sin ningún remordimiento, me invitó a la hacienda Bogotá en Sierra azul, con siete muchachas, la madame y su compadre Parra, y pasó con creces lo que tenía que pasar, sin pasar por el “Go” de la timidez adolescente, ni pagar 200, aunque muchos años después me contó que había pagado los tres servicios. Siempre le tuve agradecido porque me liberó temprano del miedo a la mujer. Ya más grandecito, me prestaba su carro deportivo rojo, con techo de vinyl crema, y cuando me veía con carajitas me vacilaba: “Ajá, te estás echando el perfume mío”… el muy bandido, tenía un frasco inmenso de Aramis, con una especie de peonía roja, que le habían preparado, y de verdad, la vaina funcionaba, jajaja.

En sus últimos días, pasé temporadas con él, manejándole a El Colorado, la hacienda más cercana, hasta que un mal día presintió la muerte, y me pidió que lo llevara a la Clínica Amado. Papá murió en mis brazos hace 43 años y todavía me duele.

ÉPALE 418

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