Papá-Mamá

Por Marlon Zambrano@marlonzambrano / Ilustración Erasmo Sánchez

Hay una antigua superstición que afirma que un padre que quiere mucho a sus muchachos, y se entrega fascinado a su crianza, es como una madre. Parece considerar, esta presunción, que el amor de uno se asemeja al de la otra y viceversa, como si cada quien no tuviera su propia dimensión en el binario abanico del amor filial. Pasa igual, pero al contrario, cuando se asegura que una madre que se faja sola a formar sus hijos es papá y mamá, transfiriendo aleatoriamente la especificidad de este rol al otro, y rematando con la esperpéntica expresión: “esa mamá le echa bolas”.

En asuntos de género y progenitura es mejor no escarbar demasiado para no tropezar con las infaltables refutaciones, pero un hecho incuestionable impugna cualquier posibilidad de que un padre termine siendo mamá: jamás podría amamantar a sus hijos. Por más que los haya tetones, que los hay por un asunto de genética y desidia pandémica, no hay padre que pueda lactar ni que execre un poquitico de calostro. Esa nata, por lo menos, no ha de ser alimenticia.

Tampoco puede un padre excelente intuir las penas de sus hij@s. Esa facultad es innata de la madre que posee un radar natural para intuir que a su chamo le están haciendo bullyng o anda deprimido o a punto de romper el celofán de la castidad con uno o una que le anda pintando pajaritos preñados.

Las premoniciones de una madre son únicas e intransferibles, como el voto, y están validadas por poderes mágicos que provienen de la dimensión desconocida y que tienen otro punto de comprobación empírica en la puntería de un coñazo atestado, incluso, a distancia. Al menos a los de nuestra generación no los pelaba un chancletazo de mamá disparado a kilómetros, una cachetada en retroceso, un pellizco de mirada, etcétera.

Los papás casi siempre erran. Las más de las veces la pegan por artificios de la providencia o aprenden siguiendo el modelaje materno. Pero casi siempre dejan en el tintero de la biografía doméstica algún gazapo que solamente repara el tiempo y que nuestros sucesores interpretarán con la sabia frase: “ni modo, así era papá”.

Claro que sí hay padres extraordinarios, pero en la mayoría de los casos es mejor que provea y muera callado. Papá-mamá es una construcción ficticia, un mito que emerge de los imaginarios condescendientes masculinos que juran que porque el muchacho la pasa chévere con uno porque no les prendemos peos como la mamá, hicimos el trabajo de criarlos, entenderlos y lanzarlos al mundo con el herraje suficiente para que se defiendan de los dragones de la vida.

ÉPALE 418

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