Porvenir cantando y bailando

Por Aracelis García@araagar1 / Ilustración Astrid Arnaude@loloentinta

Hay quienes reniegan del pasado y como una nube gris va augurando un futuro pleno de dificultades, en el que soñar es sencillamente imposible. Esos profetas del desastre abundan en medios de información, ministerios, escuelas, universidades, calles, entre un sin fin de sitios por donde se les puede encontrar sin hacer mucho esfuerzo. No contentos con estar desesperanzados, minan la fe de otros y otras. Estos dos últimos años han sido para esas personas el estado ideal para enfilar contra quienes ven el porvenir con algo y a veces bastante optimismo.

Muchos de esos optimistas entre los que me cuento, estamos en el campo de la cultura popular y el porvenir es una certeza para la que prefiguramos los mejores escenarios. Bebemos de la fuente inagotable del hacer del pueblo, en el que la vida no se construyó toda en un momento y entendemos que los procesos tienen su ritmo y su tiempo. Los últimos dos años de pandemia han sido de una dinámica cultural riquísima pero también de una pugna sin precedentes entre los modelos que imponen modos, gustos, estéticas y hasta deseos.

Por un lado la cultura de los pueblos cobra una fuerza poderosa y se revitaliza mostrando sus virtudes y sus bondades. No es poca cosa contra la que batalla la espiritualidad de nuestro pueblo y por consiguiente su expresión material. La soledad, el individualismo, la desesperanza, forman parte de la batería que es usada para atacar nuestras creencias y sistema de valores, banalizando toda herramienta cultural de la cual hemos echado mano para salvarnos, para además ser felices en tanto nos salvamos. Desde invocar y practicar la culinaria y la medicina tradicional, hasta hacernos los tapabocas con diseños y materiales que generan una vistosidad poco común y que han inspirado a famosas empresas que hoy imitan la inventiva del pueblo. Desde valernos del mundo de lo digital para facilitar procesos de formación, recitales poéticos, lecturas a varias voces, diseños trabajados en líneas como si se estuviera ante la amplia mesa de dibujo de una o un arquitecto, ensambles perfectos de coros o montajes de danza. Nos encontramos de nuevo en las calles y bajo medidas de bioseguridad, celebramos la declaratoria del San Juan como Patrimonio Inmaterial de la Humanidad, La Feria Internacional del Libro de Venezuela, la Feria de Artesanía, los cantos de Navidad, la elaboración de la hallaca y el abrazo del año nuevo, habitando la complejidad y desalojando la incertidumbre, haciendo de los imaginarios de la pandemia un lugar donde encontrarnos con los nuestros y nuestras.

La nueva normalidad

Por otro lado se instala de nuevo el discurso cultura que intenta que entremos de nuevo por el carril del mercado. Diseñan campañas dirigidas a que abandonemos lo aprendido, lo ganado durante este tiempo. Hay quienes han caído en la trampa y repiten como loros sobre los efectos secundarios “negativos” de tomar brebajes que salvaron las vidas a nuestras abuelas y abuelos, en combates por la patria o contra otras pandemias que han azotado al planeta. Un caldo de pata de pollo pasa de ser alimento con el que los pueblos han combatido las debilidades físicas y hasta el hambre a convertirse en una pócima que si la tomas “te saldrán uñas y plumas en las orejas”. La yuca que ancestralmente ha sido el pan del pueblo, pasa a ser un alimento que contiene cianuro en grandes proporciones, tras lo cual se le augura la muerte a quien la consuma. Ponerse un paño o sábana encima de la cabeza para hacer vaporizaciones frente a una olla de agua hirviente, que ha ayudado en el proceso de curación de asmáticos y enfermos pulmonares, ya no es una solución viable, ahora tienes que comprarte un vaporizador y administrarte una cantidad de antibióticos, que cada vez suben de gramaje, porque la idea es que te quedes sin sistema inmunológico.

La nueva normalidad reinstala sus dispositivos, reanuda sus drivers, intenta resetear el chip de quienes se acercan tímidos a los centros comerciales digitales o físicos. La oferta es la misma, en todos los tiempos, en todas las crisis,  en todas las pandemias. Esta tiene un añadido de dos por uno, porque te dicen que al reducir la población mundial, reducen los pasivos. O sea la gente que ya no es activa laboralmente, que ya no le produce tantas ganancias al capitalismo…, quienes queden vivos tendrá más y mejores oportunidades.

Bajo esa nueva normalidad nos dicen que la cultura entró en una crisis, y su medida es cuántas salas de cine estuvieron cerradas, cuántos espectáculos fueron cancelados, cuántos libros de autoayuda no pudieron ser vendidos, cuántas cadenas hoteleras entraron en recesión, cuántos McDonald’s y pare de contar. Se refieren a la industria cultural, como si esa dinámica económica sostuviera decididamente el hecho cultural de los pueblos. Lo peor, desde los espacios de producción del conocimiento se valora, se justifica y se impone.

Retomar los aportes pasados – repensar la visión de porvenir

No abandonar la experiencia de haber traído al presente el conocimiento ancestral indígena y africano, ese que nos conectó de nuevo con la Pachamama. Tampoco dejar de lado el conocimiento alcanzado en los usos de las tecnologías, usarlas a nuestro favor, no ser esclavos de ellas. Valorar las innovaciones que desde el seno del pueblo han surgido y que han facilitado la vida de mucha gente. Darle importancia superior a las inventivas, epistemes, metodologías, estéticas, pensamientos surgidos bajo la premisa de que aquí hay un pueblo que está en pie de lucha.

Reconocer y reconocernos en las múltiples  riquezas que tenemos que van más allá del petróleo, la humana en principio y la cultural en todas sus manifestaciones. Sentirnos próximos a los otros y otras como un prójimo que podemos ser nosotros y nosotras mismas. Seguir batallando contra todos los egoísmos que nos separan o colocan en condiciones de inferioridad por razones de sexo, raza, lugar de nacimiento, realidades sociales, edad, entre otros.

No olvidar jamás de dónde venimos, porque el porvenir viene y hay que esperarlo de pie, cantando, bailando, leyendo, honrando la vida.  

ÉPALE 444