Préstamo Circulante: El juglar de la barra

                                           Por Esmeralda Torres@esmetorresoficial                                               Fotografía Mairelys González@mairelyscg27

A León no le gustaba otra vida que no fuera aquella: de lunes a sábado, tres de la tarde a once de la noche, despachando la barra y la recepción del Bar-hotel Astoria en Cumaná. Lo administraban dos vascos: su dueña, la señora Maite junto al leal amigo, el inolvidable Juan Omar. Para León, aquel lugar era a la vez fuente de sostén familiar y el escenario donde desplegaba sus dotes como narrador de historias increíbles y prodigiosas. Sus víctimas preferidas, los viajeros y turistas que se hospedaban en el hotel. Tras la barra los evaluaba, pasaba el trapo sobre la superficie brillante, una y otra vez, que de tanto friego, parecía el más puro ébano pulido. Entonces, llegado el momento preciso, comenzaba con el relato en voz alta. Cuando sabía que el espectador tenía todo su interés, salía de la barra, colgaba el fulano trapo en el hombro, como si de un traje de juglar se tratara. Relataba las historias más increíbles, que no referiré porque la gala, única y posible de aquellos cuentos, nacía en la gracia y el descaro con que detallaba los hechos. León parecía más un honorable trabajador de la tierra, que un provocador de ilusiones y  juglarías, que inspiraba a los que le conocíamos, una profunda e inquebrantable ternura. Ninguno de los presentes en el bar se atrevía a interrumpir aquella escena. Ni  la dueña, ni los frecuentes de la barra. Contemplábamos a la víctima, esperando el crucial momento en el que caería en cuenta, que era personaje de un montaje teatral. Entonces el bar en pleno, estallaba en carcajadas. León marcaba una distancia estratégica por si ocurría un ataque imprevisto. Se colaba tras la barra, abría el cuaderno donde anotaba las cuentas y reía, nerviosamente encantado de su derroche histriónico. La señora Maite intentaba ocultar una sonrisa, se acomodaba en la silla con el recato de quien ha sido educada para el silencio.

Hubo una noche en la que todo fue distinto. Cuando León se acercó a la parte climática de la historia, el rostro del hombre a quien le era contado el relato, se fue iluminando, parecía que cambiaba de tamaño y de color, como si hubiera descubierto que era el afortunado merecedor de un don. Esa vez, la presa fue más rápida que el cazador, no le dio tiempo a ponerse a salvo tras la barra. Lo agarró firme y suavemente por las orejas y le asestó el primer beso público que se dieron dos hombres en aquel hotel.

ÉPALE 433