Préstamo Circulante: El niño del puente

Por Esmeralda Torres@esmetorresoficial / Fotografía Freepik

Cuando trabajas en un salón de lectura, puede suceder que en un determinado tiempo de la jornada, largo o corto, no haya más que hacer que esperar a que algún usuario o usuaria te solicite alguna información o documento. Durante ese período, que esperas en silencio, puedes tener la buena suerte de escuchar a uno de ellos referirle a otro, una historia como esta:

A mi hermano y a mí nos gustaba decirle a la abuela Morelia que nos contara cuentos de aparecidos. Hace unas noches nos hizo prometer que si no le decíamos a mamá, nos revelaría un suceso que la mantenía sobresaltada. Mi hermano y yo nos quedamos callados, esperando que comenzara. Hace unas noches, nos dijo en tono bajo, quedé con una amiga en encontrarnos frente a la iglesia Santa Inés para asistir juntas a una sesión de espiritismo, en una casa por cerro Quetepe. Me fui caminando a lo largo de la avenida Bermúdez que a esa hora ya se hallaba solitaria y oscura en algunas cuadras. Luisa prometió que al salir de la reunión, uno de los asistentes nos llevaría a todas las mujeres a nuestras casas. El caso es que al cruzar el puente Guzmán Blanco, hacia la zona de la calle Comercio, un niño, como de seis años, semidesnudo, trepó desde la ribera del río y se puso a caminar junto a mí, mientras me exigía, hojilla en mano, que le diera dinero. A simple vista, pocos pensarían en tenerle temor a un chico tan pequeño, a menos que le agregues que poseía un cuerpo deformado por una quemadura atroz en toda la cara y parte del pecho. La piel del cráneo estaba brotada en una enorme deformación abultada, y únicamente en la base de la nuca le crecían escasos mechones de cabello liso. El ojo izquierdo era una pequeña ranura que le lagrimeaba, por lo que para mirarte a los ojos precisaba ladear la cabeza y avanzar de lado. Tuve suerte, porque justo al llegar al cruce del semáforo, unos hombres gritaron: no se asuste señora, no le tenga miedo, ese no es capaz de agredirla. Aparece solo cuando no hay sol, y nadie puede asegurar si está vivo o muerto. Al buscarlo para observar su reacción, el crío había desaparecido.

El caso es que ayer, cuando venía del trabajo, sentí que alguien me seguía y al voltear no vi a nadie, pero hoy lo confirmé pues lo vi. El niño que me salió en la margen del río, cerca del puente, me sigue todas las tardes y se está ocultando a media cuadra de aquí, en la casa abandonada al lado de la bodega.

ÉPALE 444