Préstamo Circulante: Luna de sangre

Por Esmeralda Torres@esmetorresoficial / Fotografía Alexiz Deniz@denizfotografia

El hombre entró al recinto con un libro debajo del antebrazo. La cubierta era de color negro y se advertía que había sido cuidadosamente revestida con una piel suavizada por el desgaste y el roce. Se dedicó a pasear la mirada por las estanterías, sin tocar nada. Un brazo cruzado sobre su pecho y con la mano del otro acariciaba su barbilla. De lejos se notaba que no era un familiar de algún paciente, que hubiera entrado a matar el tiempo mientras llegaba el momento de la visita. Tampoco era un interno de los que tenían permiso para circular por ciertas áreas del sanatorio, incluida la biblioteca. A esos, los veía deambular por los pasillos y jardines cada día. No representaban un peligro para nadie pero a simple vista, provocaba lástima su situación de enfermos, perezosos, casi siempre dopados.

Al fin decidió acercarse. Su voz rasposa y profunda me sorprendió, por lo que tuve que disimular como mejor pude. No quería ofenderlo con mi sobresalto inesperado. Me daba miedo la presencia de extraños en ese tiempo intermedio que iba desde el almuerzo hasta la hora de la revista médica. Los espacios se vaciaban del trajín diario del personal y una penumbra se apoderaba de los corredores. Dijo que buscaba un ejemplar de La torre de timón, del poeta cumanés José Antonio Ramos Sucre, que debía formar parte de la colección. Era un cuaderno manuscrito con los poemas en español y en alemán. Para ratificarme la veracidad e importancia de su búsqueda, mencionó que fue donado por su familia a ese salón de lectura. Aseguró que durante su larga estadía en esa casa de reposo, su progenitor había hecho la traducción de esos poemas. Me mostró el tomo que sostenía, anidando entre su brazo y su pecho. Lo abrió para que yo pudiera leer la dedicatoria. Para el excelentísimo profesor Brun, de este su poeta. Bajo la luna desesperada y sangrienta de Hamburgo. Luego la firma, que parecía ser la misma con la que el bardo suscribía sus cartas y una fecha lastimosamente desvaída e imposible de precisar.

Se despidió de mí en la puerta del salón, se le notaba desencantado. Me hizo prometer que si algún día daba con ese ejemplar le avisaría y para ello me dejó una tarjeta donde se leía una dirección que hasta ahora no he podido encontrar: Calle Los Peldaños, casa número 29. Indagando acerca de esta dirección supe que así se llamaba antiguamente la calle Sucre y que el número correspondía al de la casa museo del poeta.

ÉPALE 446