Préstamo Circulante: Punto de préstamo

Por Esmeralda Torres@esmetorresoficial / Fotografía Alexis Deniz@denizfotografia

En enero de este año cumplí 26 años de servicio como bibliotecaria. La fecha, por segundo año consecutivo, me puso de frente con la pregunta de qué haré cuando me jubile. Confieso, con toda sinceridad, que todavía quiero ser víctima de la rutina y la carga violenta, a veces aplastante, de la obligación laboral. En varios momentos de la cuarentena, controlado el terror de los primeros meses, estuve acariciando la idea de instalar un punto de préstamo en el jardín de mi casa, con una posible caja viajera que traería de mi lugar de trabajo, para ese momento permanecía cerrado por la pandemia. Conseguiría donaciones con algunos amigos o utilizaría los libros de segunda que no se vendieron en una feria y que ahora están guardados en una caja, tal vez siendo devorados por el comején y polillas. Me imaginaba un reglamento mínimo de funcionamiento, unas boletas hechas a mano en hojas recicladas y un letrero clavado en la entrada que diría: Punto de Préstamo Viento de agua. Podría ofrecerlo durante tres horas de la tarde y exclusivamente para adultos y niños de la comunidad más cercana. Se me ocurrió que un mango podía golpear a algún usuario infantil en la cabeza, una iguana dañaría el material con una gran cagada o meada, que la brisa volaría la papelería. El sol resecaría el papel y lo volvería quebradizo y el calor haría que se reprodujeran los hongos y ácaros que habitan secretamente entre las páginas. Mi horror fue mayor al imaginar que alguna fiera incontrolada de mis vecinos persiguiera a un usuario ciclista y lo hiciera caer. Un pinchazo espontáneo logró que en mi cerebro la prudencia ganara nitidez y la imagen se apagó como cuando una pantalla deja de recibir energía.

Lo comenté con mi familia durante el desayuno de uno de esos días inexplicables donde no sabes qué día es, de qué mes y no quieres ni enterarte, y confirmas que el calendario es un instrumento en desuso. Enseguida me recordaron el chiste del policía de Araya. La anécdota en cuestión afirma que una vez, un policía de esa localidad del estado Sucre, se consigue con un compañero del comando en la cola para abordar la lancha hacia Cumaná y este le dice: Ah compai, me enteré que por fin, después de treinta años entregados al oficio, te vas a jubilar. ¿Cómo piensas invertir tus prestaciones? ¿Te vas de viaje? ¿Montarás un negocio? El aludido lo mira con asombro y le responde: ¿Yo? ¿Negocio? ¿Viaje? Que va mano, en cuanto me jubilen y me paguen mis prestaciones planeo comprarme una patrulla.

ÉPALE 450