¡Que chimbo!

Por Pedro Delgado / Ilustración Justo Blanco

Mucho antes de dejar este plano terrenal, mi amigo Mario Núñez me contaba haber ido a un concierto de Alfredo Sadel y el acompañamiento al piano del maestro Aldemaro Romero, frente a las gradas de la entrada sur de la estación Metro Altamira. “¡Que fino!”, le contesté, mientras él desgranaba repertorio: Ansiedad, Madrigal, Vereda Tropical, Escríbeme, Vuélveme a querer… “Tuve que apagar mi Malboro recién prendido porque dijo que no cantaría si veía humo. Quienes fumábamos dejamos de hacerlo y comenzó”.

En mi turno de conversa y cervecita, le conté cuando yo en 1969 integraba un cuarteto que improvisaba música en una de las tribunas del estadio José Pérez Colmenares de Maracay, allí se acercó Alfredo a compartir con nosotros aconsejándonos: “Muchachos, la música hay que estudiarla. No lo olviden”. Algo siempre llevado en mi mente antes de empezar a hacerlo.

Otra anécdota compartida con mi amigo, fue la bola que le rodaron a Alfredo diciendo que era hijo de “Mariota”, una señora que deambulaba su demencia por sectores de Catia. Por su militancia en Acción Democrática era el asunto, y así pretendían cobrarle. “¡Que balurdos!”, soltó el pana cuando íbamos por la sexta o séptima birra y en la rocola sonando Desesperanza, la magistral obra de María Luisa Escobar cantada por Sadel.

Objeción igual salida al tapete aquella calurosa tarde, fue el cuestionar porqué a uno de los más importantes teatros de Caracas le han ido borrando el agregado de Teatro Municipal de Caracas Alfredo Sadel, colocado oficialmente en 1998, porque a la hora de mencionar un evento (no se sabe si por flojera verbal o mezquindad), solo se dice: es en el Teatro Municipal. Al punto, a mi pana se le oyó decir,“¡qué chimbo!”.

Con pesadumbre recordamos cuando se despidió lloroso en el Teatro Teresa Carreño en 1989 antes de su fallecimiento el 28 de junio de ese mismo año, junto a la Sinfónica Venezuela, diciendo de entrada: “Ustedes saben por qué estoy aquí… necesitaba verlos”. Yo pedí dos más y Mario prendió otro Malboro.

ÉPALE 465

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