¿Qué piensan los zancudos?

Por Marlon Zambrano@marlonzambrano / Ilustración Erasmo Sánchez

Como Walter White, el protagonista imbatible de la serie ‘Breaking Bad’, un zancudo de la era Covid es capaz de evolucionar hacia niveles de maldad extrema, sin que nuestra racionalidad de urbanitas desclasados encuentre una explicación.

Por ejemplo: ¿cómo se entiende el ataque en turba mientras nos estamos preparando para el sueño, o los asaltos individuales cuando estamos leyendo, escribiendo o viendo televisión? No hay ciencia ni intuición que razone el hecho comprobable de que ahora se esconden detrás de los muros y esperan algún descuido, hacen vuelos rasantes de reconocimiento, se lanzan con espíritu kamikaze sobre nuestros rostros, nos pinchan la nariz y lo que es más inaudito, nos atacan una y otra vez por los oídos.

Los que dormimos sin ventilador ni aire acondicionado, por militancia hippie o porque no tenemos plata para mandar a reparar los aparatos dañados de casa, somos testigos permanentes de un brinco sustancial en la fascinante carrera de la inteligencia animal, y nos encontramos con zancudos que calculan, miden probabilidades, establecen estrategias, y atacan con pasmosa impunidad, mientras nos escoñetamos el manguito rotador lanzando manotazos de ahogado a ver si matamos a un maldito de esos en el aire.

En su mutismo cómplice o alarmado, la sociedad acude al rumor para hablar con señas del novísimo fenómeno del ataque de los zancudos, conspirando contra su enemigo natural, el hombre, para terminar de minar su poca estabilidad emocional en medio de la pandemia que ha partido en dos la historia de la humanidad.

Quizás dios, o el diablo, instigaron para que en la mala hora del fin de los tiempos, los zancudos -en vez de las cucarachas-, sobrevivieran a esta hecatombe seminuclear bailando airosos la samba del desquite, en vista de que no parece haber técnica para acabar con su mísera existencia de insecto. Ni periodicazos, ni manos ensangrentadas, ni raquetazos eléctricos, han logrado minimizar su impacto en la doméstica quietud del hogar, bien en la ciudad adormecida sobre el rumor del virus, bien en la periferia montaraz y reptil de la que hablan los que dicen que Caracas es Caracas y lo demás es monte y culebra.

La inocencia aburguesada ensaya posibles respuestas: es que atacan donde perciben calor, es que las lluvias y los pipotes de agua almacenada facilitan su reproducción, es que… Pero nadie, intentando desmanchar el mapa de bichos aplastados sobre las paredes, logra dilucidar uno de los misterios más extravagantes del primer cuarto del siglo XXI: ¿qué piensan los zancudos?

ÉPALE 408

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