Roger Herrera: “No negocio con mi espíritu”

La rabia y la ternura dan aliento a su exposición Rituales y poéticas: de lo pagano a lo sagrado en la GAN, desde donde nos invita a preguntarnos por qué no nos queremos

                                        Por Marlon Zambrano • @marlonzambrano                                                  Fotografías Maxwell Briceño • @maxwellb_photoss / Cortesía

Un histrión, más que otra cosa: hace arrumacos de hijo consentido cuando su madre lo despide con una metralla de besos, como para embadurnarle el rostro con sus bendiciones. Habla de su talante y el de su estirpe, el que las mujeres de la familia fueran a verlo exponer como una tropa de matronas querendonas que le perdonan sus excesos de artista rebelde y prefieren verlo como una oveja descarriada, redimida por los años. Dice de su saldo vital, que su hijo adolescente le acompañara frente a cada obra expuesta, intercambiara junto a él con sus invitados y amigos, le adecuara el peinado para las fotos, y lo acurrucara como un tesoro entre sus brazos mientras deambulaban el largo pasillo del extravío que es la sede de la Galería de Arte Nacional de la avenida México.

El sábado 9 de abril Roger Herrera (Caracas, 1962), instaló la muestra expositiva Rituales y poéticas: de lo pagano a lo sagrado, en la GAN. Se trata de una antología personal con piezas audiovisuales y vitrinas de catálogos anteriores, poemarios, efectos personales y montajes de su obra plástica que intentan “desmontar ideológicamente muchos de los paradigmas y símbolos que asfixian nuestra cultura”, resaltando el estilo crítico, confrontacional y problematizador de un creador multidisciplinario que expresa por igual preocupaciones metafísicas y socio-culturales, las mismas que lo han llevado a manifestarse desde la rabia y el amor frente a la suma de contradicciones que es la venezolanidad.

Licenciado en teatro de amplia trayectoria en las tablas, el cine y la televisión como actor, director y dramaturgo (más de cuarenta años); egresado de la Escuela de Artes Visuales Cristóbal Rojas; docente con posgrado en Gerencia Cultural, artista plástico, promotor cultural y escritor con una poderosa obra poética recogida en la compilación Antología bruta editada por Fundarte en 2021.

Habla de su estirpe la foto encabezada por su madre Isabel Rivas de Belisario

El poeta José Javier Sánchez disecciona impecablemente una de las cualidades de su creación, eficaz en territorios tan específicos como la plástica y el verso donde absorbió rudimentos de maestros como Antonieta Sosa, Eleazar León y William Osuna: “Confronta al poder establecido, a la burocracia, a la burguesía y al lumpen. Es su poema, es niño de la calle y Dios de habla colectiva. Su verdadera navaja es el lenguaje. Y desde allí desafía a las élites. Poeta maldito de nuestro tiempo”.

—¿Qué aspectos de tu universo creativo te dan más satisfacciones?

—La satisfacción está dada en el hacer y descubrir las posibilidades de estos discursos en la construcción de una poética pertinente al ideal del arte en el romanticismo. Es decir, lograr expresar el arte como una totalidad: las artes en las cuales me expreso giran alrededor de la poesía. El hecho poético se revela en mis pinturas y fluye bajo la sintaxis de los elementos. Mis obras teatrales preservan a su vez la pulsión de una letra donde confluyen tanto la semántica visual como derivaciones experimentales como el cine; la introducción del ruido, el silencio y el grito de Antonin Artaud. Soy hijo de la corriente vital artaudiana, de allí la relación inusitada del mito y el rito desde donde auspicio imágenes volcadas desde el entramado oleaje de los sueños y aspectos inauditos de la realidad. En mi obra todo confluye en la poesía y a partir de la poesía.

—¿Te sientes referencia de una generación?

—Menuda pregunta. Eso lo podría responder un crítico serio, un investigador desprejuiciado del “hedor” de clase. Recomiendo pedir la respuesta a una serie de poetas neocoloniales que me califican alegremente de poeta “salvaje” o reducen mi impronta al término “popular”. Los exquisitos poetas herederos de la Cuarta República ahora pro líricos de la revolución, que jamás supieron de acciones violentas y cantan a los pajaritos. En todo caso no puedo pedir peras al olmo si ciertos poetas no perciben en mi obra un aporte. Creo que esa es nuestra índole; nuestra identidad no sólo son los símbolos patrios y la historia de victorias y traiciones, debemos incluir el desafecto. Nosotros no nos queremos, nos juntamos y soportamos más no nos queremos. Hijos del asalto, de conquistadores, la viveza, del prevaricar. Aún estamos por reivindicar nuestra esencialidad aborigen y africana sin olvidar al europeo. Identificarnos en nuestro ombligo vital. Desde ese instante nos comprenderemos.

– ¿Hay una generación de artistas comprometidos que emergió y se visibilizó con la revolución?

En su exposición recorre la memoria urbana

– Si los hay, pero no es un artista emergente quien posee más de veinte exposiciones individuales y más de treinta muestras colectivas, aquí y en el extranjero. Reconozco el apoyo dado por el Estado al abrir los espacios de este museo para mi muestra. Soy un outsider, tomo lo que me pertenece, voy por lo que me toca, hago lo que considero bajo el barniz de unos valores y una educación que me acercan a los que nada tienen, siempre respetando al otro. Alabo el trabajo de valoración dado en el campo de la música popular, tanto como el fructífero reconocimiento de los artesanos e incluso del talento entre músicos sinfónicos. Otro aporte lo podemos encontrar en la edición masiva de poetas y narradores. Podría afirmar sin lugar a dudas que aquí todo el mundo es poeta, mejor que ser corrupto. Agradezco a Félix Hernández, curador de la muestra; Mary Pemjean, Clemente Martínez, Mirena García y al abnegado personal de este y otros museos que laboran silenciosamente en beneficio de la comunidad visual.

—¿Identificas al otro extremo de esa generación, es decir, una que se opone al concepto del artista políticamente comprometido?

—Sin lugar a dudas existe una generación a la par. No les discuto sus decisiones personales, somos libres de expresar y exponer nuestros criterios. A mi parecer tanto en un lado como en el otro existe gente sincera y que creen en las potencialidades del país y su gente. Si no hay contradicción no hay lucha. Sin contrarios, sin diversidad, ¿cómo avanzamos? Aprovecho para hacer un llamado a la conciliación y al trabajo en equipo, crear un país con valores es trabajo de todos. Pensémonos como país y trabajemos en conjunto por superar los males que nos embargan.

—¿Te entretienen los honores?

—Si así fuere habría reclamado premios, apropiaciones indebidas de mi obra, honores fatuos y ediciones no cumplidas de mis libros hace años, o hubiera aceptado sin titubeos cargos o el viaje que me ofrecieron a la Universidad de Salamanca, así como al Festival de Córdova en la Argentina o el viaje a París. También me fue ofrecida la Feria del Libro en La Habana y la institución a cargo del viaje jamás envió la invitación oficial a la Universidad Bolivariana de Venezuela, por ello les doy las gracias. Otros viajes donde me invitaron a dar charlas sobre literatura venezolana y otras tareas fueron al norte de Francia y a Salvador de Bahía en Brasil. Rememoro que hice entrega a Monte Ávila Editores de seis ejemplares de mis poemarios publicados para hacer una antología. Se burlaron de mí al tiempo que reclamé y los ángeles dijeron amén. Esta es mi suerte, los locales siempre me han embaucado. Rompo mis votos de silencio: para mí la única función que cumplen los premios es que te distinguen del resto, empero no certifican la calidad de la obra.

—¿Le tiras más al poeta maldito, al poeta doméstico, al borracho, al profesional?

—Soy la suma de todo ello, nunca permanezco mucho tiempo en ningún estadio de la vida. Los espacios de mi irreverencia (si la hubiere), no provienen de ningún jardín del enfant terrible. Mis acciones están tocadas por una aguda observación y una agria pulsión crítica ideológica. Por un ojo que no deja de revisarse. No dejo de escrutar en mis bemoles y los traspiés que dan los otros. No podría habitar los extremos habiendo tanta riqueza alrededor, en los vecinos y en los espacios de creación. El poeta, los artistas, son seres orgánicos, no obedecen a etiquetas, todo se imbrica en relaciones económicas, afectos, sueños y necesidades.

—Tu rostro corresponde al del indio bravío pero tu actitud al del artista urbano. ¿Qué te define más?

—Mi rostro hace parte de los originarios túcupes que hicieron vida en los alrededores de Tucupido en el oriente del estado Guárico. Mi actitud obedece a mi crianza y formación. Fui criado en San Agustín, barrio Hornos de Cal, mi actitud es citadina aunada a la visión cósmica del aborigen.

—¿Tu aspecto indígena te ha restado posibilidades en el mundo del teatro o del cine, tomando en cuenta nuestra predilección por los fenotipos eurocéntricos?

—En el teatro he sido marginado en muchas ocasiones como actor, sin embargo he logrado montar a grandes autores, bien sea como actor o director. En la Tv, aunque logré destacar con personajes estereotipados, me honraron borrando mi nombre del elenco, por ejemplo en las telenovelas Llovizna, Cruz de nadie, Estrambótica Anastasia y otras. En el cine nacional he obtenido breves e interesantes apariciones, incluso he protagonizado en algunos cortos, dos con Miguel Guédez y una docu-ficción con Yolanda Oronoz. En Desnudo con naranjas, película dirigida por Luis Alberto Lamata, me destaqué con el personaje Capaya. Con el mismo director di un gran salto en la Tv recreando el rol de Indio Rayao en la telenovela Pobre Negro. Otro filme dirigido por Cedismundo Quintero (Cedinsky Mudorov) es Interferencia, allí interpreté al Sr. Smith. Sin embargo, honrar honra, haciendo El Piloto de Río Verde, cine con los franceses, dirigida por Patrick Jackmain, me di el lujo de compartir cámara con Mario Adorf quien trabajó con Rainer Fassbinder. Adorf además era productor del rodaje. Me trataron como a una celebridad del cine, al final de cada jornada brindamos siempre al lado del director. Los franceses pedían que aplaudieran mi trabajo y los nuestros atónitos no encontraban qué hacer. He allí nuestra índole, nuestro síndrome de negación del otro. Otro casting que obtuve fue en Jugando en los campos de Dios del director Héctor Babenco. Fue una difícil prueba. Estuve a punto de hacer mucho dinero pero los inversionistas del filme retiraron la plata. También me di el tupé de trabajar con Béatrice Dalle, la actriz francesa del filme 37°2 la mañana. Hice con ella la película Las orejas en la espalda (2001), bajo la dirección de Xavier Durringer. Hice migas con ella pero unas amigas venezolanas me hicieron la guerra para arrebatármela. Conseguí llamar su atención recitándole poemas de Ramos Sucre los cuales eran traducidos gentilmente por los actores franceses. He hecho cine con canadienses, italianos; me gané una segunda vuelta de casting en una peli de Kevin Costner. Terminaron contratando a unos extras y a un actor servil. También laboré con Francis Veber, en la película El Jaguar. Tras quince días de rodaje me ofreció un minuto de cámara mientras cargaba un lechón. Rechacé la propuesta del genio de la Gaumont, me pareció infame. De allí en adelante se inició una especie de debacle en mi participación en el cine, he hecho muchas pelis y opto por creer en el talento, no negocio con mi espíritu.

ÉPALE 457