Ruth Guhe: una mujer que pare tambores

Una canaria que llegó a Barlovento, es una de las pocas mujeres luthier dedicada a los tambores afrovenezolanos

Por Marlon Zambrano • @marlonzambrano / Fotografia Alexis Deniz • @denizfotografia

Todos los caminos conducen a Ruth. Desde el pueblito imaginario que creó, para trenzar laberintos de ilusión que hicieran coincidir a los enamorados de esta tierra (Curipaya, que nace de unir a Curiepe y Capaya), hasta sus seudónimos improbables: La Monarca, Ruth Guhe, Ruth Curipaya, como en un juego de espejos que reflejan múltiples identidades para advertirnos, con el poeta Jorge Manrique que: “Nuestras vidas son los ríos / que van a dar en la mar”.

Carmen R. Gutiérrez H. parece que dice su Cédula de Identidad, o su DNI (Documento Nacional de Identidad de España), pues, otra de sus espesuras es su lugar de origen, las Islas Canarias, por las que se declara aaa-fri-caaaa-na y no española, y lo enfatiza, sílaba a sílaba.

¿Quién ha visto catira bailando tambor? Muchos, muchas veces. Pero, ¿quién ha visto a una musiú fabricándolos? Esa no la veías venir. Y es que Ruth, rubita de ojos melosos y risotada espléndida, es de las pocas mujeres de este país, y de este mundo, capaz de emprender tan severa labor de orfebre, que implica someter sus delicadas manos al traqueteo del martillo y el cincel, sin contar con las operaciones místicas, que debe conjurar, para hacer coincidir a las fuerzas naturales con las metafísicas, y santiguar la fronda de donde sale la materia prima de su hechura; “que sin permiso no se pue tumbá, no se pue tumbá porque son Orisha”.

En Barlovento, estado Miranda, estableció su centro de operaciones, y con esfuerzo digno de una mujer valiente, enamorada y “colorá”, cultivó su propio espacio como portadora de sabiduría e identidad, pese a las reticencias de quienes la miraban con la desconfianza natural de los pueblos, como a una advenediza, queriendo ocupar espacios ajenos. Hoy, no solo es cultora y luthier, sino un personaje esencial en la musicalidad que brota de sus tambores tintados de azul, mientras acompañan cualquier ritmo que nazca de la afrovenezolanidad.

—¿Cómo te hiciste luthier?

—Como pasan los momentos memorables de la vida. Sin pensarlo, todo fluyó y encajó el día, lugar y la hora que estaba destinado. Hace como nueve años le pregunté a mi compañero de aventuras hasta hace poco: ¿Johan, por qué no tienes tus propios tambores? Y como soy muy insistente, para algunos, fastidiosa, la pregunta dio pie para que nos reuniéramos en familia, ir a la montaña, continuar aprendiendo de los mayores como el tío Juan y el respetado compadre “Negrito” Joel.  Nunca pensé que me estaba convirtiendo en luthier, yo solo pretendía estimular un saber y hacer, que se estaba perdiendo.

—¿Ese no es un oficio de hombre?

—Esa es la creencia general, pero obviamente no es así. La mujer está tan capacitada como el hombre para elaborar los tambores, e inclusive me atrevería a decir que con una mayor sensibilidad, pues, como me dijeron en otro continente: “recuerda que estás pariendo un tambor”. Lo que sí es cierto, es que hemos perdido los referentes de maestras, mujeres sabias, que construían o preparaban tambores. Por ejemplo, en Barlovento por nombrar algunas, tuvimos a; María Belén Palacios en Tapipa con sus quitiplás; las Monterola en Tacarigüita con sus culepuya; Celedonia, compañera de vida de mi admirado maestro Bernardo Sanz en Curiepe, quién quizás no los montaba pero sí trabajaba (covaba) la madera; Vidalina Blanco Blanco en Capaya con sus hermosas maracas de tapara, que cuando le preguntabas cómo las afinaba te decía: “Ahhh pué, una es solda y la otra jábla”.

—¿Qué tipo de relación esotérica tejes con la naturaleza para poder construir un instrumento de percusión?

—Cuando se construye un tambor se requiere de la flora y la fauna, para mí eso es vida y la vida es sagrada en todas sus formas. Creo de forma ferviente y espiritual, que cuando se va a la montaña con la finalidad de buscar materia prima para hacer los tambores, lo primero es pedir permiso para entrar y agradecer el estar allí. Cuando el árbol te elije, y repito, es el árbol el que te elige, se le cuenta, se le conversa, sin medir el tiempo, le pides permiso no para que muera, sino para transformarlo en un instrumento musical, que en mi caso es devocional. Es por ello que no cuento con varios juegos de instrumentos, solo están los que fueron creados para ser usados en las manifestaciones tradicionales que nos identifican y enorgullecen. Ser luthier no significa lo que la mayoría cree, tener una fábrica y hacerlos en masa. Ser luthier es transformar un sentir, es como la vida; una pasión.

—¿Te han llamado burguesita, catirrusia o mami por esos pueblos de Barlovento?

—Esos apodos en Barlovento no, pero en Curiepe mi adorada maestra, gran bailadora Angela Muñoz, me llamaba “la Colorá” y yo me lo tomé para mí. En mi infancia viví en Caracas y recuerdo “La Catira”, luego en Lara “La Musiuita”, así que me he paseado por todos los sobrenombres que te puedas imaginar en este recorrido por mi Venezuela amada, obviamente, el “mami” tan peculiar y particular, dependiendo de su entonación también ha estado presente (guiño de ojo pícaro).

—Llegaste a cantar: ¿es tarde, ya me voy, mi negrito me espera?

—Sí, pero intento que mi negrito no me espere mucho (risas). Te cuento de un canto que me apasiona es uno de Curiepe a San Juan: “San Juan Guaricongo, cabeza pelá, el año que viene te vuelvo a bailar”, creo que para todos y todas, significa la esperanza de regresar al año siguiente, de celebrarlo, de rendirle honor a los que han partido continuando su legado.

—¿Crees en fronteras, en colores? Razona tu respuesta jaja

– ¡Imagínate! Creo en fronteras que solo delimiten que en el próximo lugar voy a ser tan plena y feliz como en el anterior. Creo en colores que brillan y solo resplandezcan para dar lo mejor de sí.

—Las tradiciones culturales te inspiran. ¿Por qué?

—Son mi esencia, mi ser. Si no sabes de dónde vienes, no sabes para dónde vas. Eso me lo reafirma la tradición. Viene a mi memoria la frase: “tú no eres de aquí”. Me lo decían mis familiares como excusa para que no compartiera con los venezolanos y me lo decían los venezolanos en momentos puntuales. A lo que yo me preguntaba; ¿No soy de aquí? ¿En verdad? Y allí, muy joven en Lara, específicamente en el pueblo de Quíbor, disfruté de San Antonio y sus Sones de Negros. Al ver La Batalla, que para mí es el Palo Canario, o en otra oportunidad apreciar el Sebucán, dije: ¡Cómo que no soy de aquí! Si esto también está en Canarias. Ese descubrimiento y otros, abrieron la puerta de par en par y al mismo tiempo dividió mi corazón, solo para unirlo más de una manera inexplicable.

—¿Te gusta planchar, cocinar, tender la ropa?

—¡Me encanta! Y más me fascina cuando un hombre lo hace, jajaja.

ÉPALE 461