Sacarle el demonio al hijo

Por Marlon Zambrano@marlonzambrano / Ilustración Erasmo Sánchez

Sí es verdad, mis carajitos son de terror: uno es demasiado antipático, como su padre; otro tiene cara de loco, como su madre; y el tercero es desordenado y díscolo, como su madrastra, pero no por eso son la materialización de Lucifer.

En eso pensé la semana pasada, mientras ardía en las pailas del infierno en que se convirtió la charla de cierre del curso bautismal que adelantan mis hijos antes de pasar a esa fase ritual tan extendida como absurda que es quedar “encomendados” al Señor.

Lo mínimo que supe de ellos, y a sus espaldas, es que eran pecadores y estaban condenados al infierno.

Si bien es un acto sacramental que incumbe a quienes adoptan el catolicismo, el bautizo también forma parte de uno de los protocolos más populares de nuestra sociedad por todo lo que tiene de imposición y presión social. El bautizado por la iglesia está exento de sospechas, se le facilitan los trámites escolares (sobre todo si estudia en una institución de la Asociación Venezolana de Educación Católica) y se le abren los caminos, que como se sabe, son inescrutables.

El no bautizado, por el contrario, entra inmediatamente a engrosar la lista de los más buscados. Es sospechoso habitual, huele a azufre y a estiércol, es malo por naturaleza y está confinado al fuego eterno si no es purificado con las aguas sagradas que certifican su ingreso al selecto club de los protegidos por Cristo, unos panas que tienen garantía de vida eterna al ser perdonados por sus yerros.

Uno los ve y se pregunta ¿qué pecados pueden cargar encima como una cruz unas criaturas que solo deben ser culpables de la felicidad? Pero he ahí que los edictos cristianos y sus impenetrables misterios tienen respuestas para todo: “el hombre nace manchado por el pecado original y necesita un nuevo nacimiento con el bautismo para recibir la gracia de Dios”.

Y todo empezó hace un poco más de dos mil años cuando Juan sumergió a Jesús (por entonces con treinta años) en las profundidades del río Jordán, para hacerlo consciente de su extraordinaria misión. Entonces vale la duda: ¿el bautismo no debería estar dirigido a personas que puedan tomar sus propias decisiones? Y agrega una contradicción bíblica: ¿acaso no dijo Jesús: “Dejad a los niños venid a mí, porque de ellos es el reino de los cielos”? Son 4.200 religiones diseminadas por el mundo, cada una con sus verdades indiscutibles, así se dediquen a criticarse entre ellas. Lo importante es que cada quien se arrope con sus liturgias, como la rumba del día del bautizo a la que los padres, madres, madrinas y padrinos venezolanos le tienen tanta fe.

ÉPALE 422