San Juan rumbeó tímidamente

San Agustín del sur

A San Juan Bautista lo veneran en casi todas las parroquias caraqueñas. Este año aprovechó la semana flexible y se asomó a la calle con pandemia

                                              Por Marlon Zambrano@marlonzambrano                                            Fotografía Mairelys González@mairelyscg27

Es posible que se intente normalizar el uso extremo del tapabocas, el saludo con el codo, el metro y medio de distancia y el chorro compulsivo de gel antibacterial. Pero llega un punto en que resulta casi imposible detener el frenesí que provoca el repique agrio del redoblante y la exigencia de los abrazos mientras se le canta y baila a una deidad piadosa.

Llega el momento en que sobre el corredor de una casona antigua de San Agustín del Sur, un niño se hinca frente a un altar improvisado para agradecerle al santo los favores recibidos, y ese largo pasillo del aliento se transforma en un corredor de pasiones donde una negra maciza se chupa un tabaco, un paisano atraviesa un trago, el otro canta, la gente se amuñuña y reza, porque hay poderes desconocidos que lo validan y lo perdonan todo.

En este segundo año de las tradiciones del solsticio veladas por el coronavirus, Caracas celebró a San Juan.

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En este segundo año de las tradiciones del solsticio veladas por el coronavirus, Caracas celebró a San Juan en casi toda su geografía, sobre todo en la filigrana del barrio, desde La Vega hasta Carapita, pasando por San Agustín y Petare, con sus señas de arraigo y devoción, de tambor hondo y mixtura, respetando los rituales canónigos impuestos por la iglesia pero arropándolo todo con el manto espeso de la alegría sencilla y plural del pueblo.

Durante el San Juan, como en muchas otras fiestas populares regidas por el cronograma católico, la religiosidad más profunda no tiene fronteras con lo pagano. Pasa con San Pedro, San Benito, San Antonio, la Cruz de Mayo, el Corpus Christi, etcétera. Se les reza, se les instala un altar, se les acompaña en trances de fe, se les cumplen promesas, se pasean en procesión por el barrio, pero al rato se les cubre con un velo de indulgencia ante la debilidad de la carne: eso termina en baile, parranda, alcohol, roces, cantos profanos y una especie de lujuria que aunque quizás no sea pecado, lo parece.

Caracas es profundamente devota al San Juan

Cuidado con el virus

Dicen que la conmemoración deriva de las fiestas paganas en torno al período estacional de las cosechas. Mucho antes de Cristo. Quién sabe, pero en Caracas existe la celebración de San Juan desde que los negros fueron arrancados de la selva africana por la esclavitud, estos mimetizaron sus creencias con las que se impuso el opresor a sangre y fuego en tierras americanas.

La religiosidad popular y su amalgama de códigos urbanos

Jesús Chucho García, un importante investigador de las tradiciones afrovenezolanas, se llegó hasta África y vinculó muchos cantos, ritos, instrumentos y expresiones, sobre todo de la región del Congo-Angola, con los que aún se usan en nuestras tierras para reverenciar la santidad.

En Caracas los códigos son de un compadrazgo profundo, pues provienen de ese cruce de caminos de la migración del campo a la ciudad, del pasado más remoto al más insospechado presente con todo y su nueva normalidad. Con mascarilla y todo, es imposible no beber y abrazarse entre perfectos desconocidos; no admirar la belleza de una mujer que baila con la sensualidad de sus caderas de fuego y un escrupuloso respeto por las normas de la procesión. En San Agustín mujeres y niñas ondean las banderas mientras una multitud detrás se entretiene entre cantos y chanza urbana, hasta que de pronto, como una tromba la “banderera” se regresa marcial a imponer el orden y a exigir el reinicio de la marcha.

Al San Juan de Antímano no solo se le adjudican poderes mágicos y tiene la bendición sacramentada de los sanjuaneros de Turiamo (entre los estados Carabobo y Aragua) de donde se origina, sino que cada vez que sale en procesión se le debe ajustar el traje pues año a año, en la medida en que va prodigando milagros, crece.

La tradición del San Juan, con sus tambores, su devoción popular, sus excesos y placeres mundanos, representa una de las más sagradas expresiones del sincretismo cultural del país, por su vinculación con la ancestralidad afrodescendiente.

En San Agustín reinan las banderas         Foto Marlon Zambrano

Caraqueño de cepa

Tanto así, que a la mayoría le cuesta aceptar que la veneración esclava al San Juan nació en Caracas y no como la mayoría cree, en las costas de la región central o en Barlovento, donde efectivamente el arraigo parece superior y la fiesta desemboca en una alegría explosiva y contagiosa, moviendo a propios y a extraños en una ruta de festejos en lo que podría considerarse una parranda infinita.

Lo explica Benito Irady, presidente del Centro de la Diversidad Cultural y uno de los principales artífices de las designaciones patrimoniales de nuestras tradiciones: “El origen del culto a San Juan fue en Caracas, cuando se constituyeron las primeras cofradías. Después, San Juan se propagó por las haciendas y los pueblos que se fueron fundando alrededor, en Carabobo, Aragua, Miranda y Vargas… Hoy hay cerca de 500 organizaciones, entre cofradías y asociaciones, que celebran este culto en toda la región”. Con esas agrupaciones se mantiene una celosa organización de mecanismos de salvaguardia para que no desaparezca como desapareció de la Caracas del siglo XVIII cuando la iglesia lo prohibió por considerarlo un escándalo mundano. Hoy espera finalmente ser catalogada por la Unesco Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad.

A la mayoría le cuesta aceptar que la veneración esclava al San Juan nació en Caracas.

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El historiador y cronista René García Jaspe, nos revela los detalles con documentos en mano: “ya por la segunda mitad del siglo XVIII, se envió un pedido de algunas personas al Capitán General para que interviniera en la manera cómo los esclavos estaban celebrando la fecha de San Juan. La carta se la dirigieron primero al obispo los mayordomos de las cofradías de Nuestra Señora de Guía y de San Juan Bautista de la iglesia de San Mauricio de Caracas, y este, a su vez, dirigió el caso al capitán General de la Provincia: “Lo que algún tiempo fue una inocente demostración de afecto y pudo entonces ser estimado por culto a los santos, hoy es sin duda intolerable y delincuente desahogo de las pasiones tanto más criminoso cuanto se cubre con el especioso velo de una sinceridad afectada y de un culto supersticioso. Algunos de los morenos de esta ciudad que en nada sirven a la iglesia de San Mauricio, ni son de sus cofradías, hombres y mujeres en un montón desconcertado en baile profano, ceremonias ridículas e instrumentos estrepitosos, se introducen a ambas procesiones… suplicamos por todo dicho se sirva Vuestra Señoría para el remedio que conviene pasar sus políticos oficios al Señor Presidente, Gobernador y Capitán General a efecto de que en los mismos días de ambas procesiones por medio de sus ministros de justicia, prohíba absolutamente la pulsación de los tambores que entonces usan los morenos”.

En Carapita la lluvia hizo sonar los tambores como nunca

Como consecuencia, sigue García amparado en documentos extraídos de antiguos archivos parroquiales, el Capitán General decretó un Auto prohibiendo el baile y uso de tambores en esas procesiones caraqueñas el
15 de junio de 1793.

Aún hay más: el profesor Freddys Hurtado, investigador y docente de Caricuao, ofrece un dato más que revelador surgido de sus vastas investigaciones de la tradición oral y de los documentos incunables sobre las costumbres en el suroeste caraqueño. Afirma que ya por 1621 existía en Antímano una cofradía de esclavos en honor al bautista, y otra para venerar a su patrona, la virgen del Rosario. Otra cofradía de por entonces en las anchuras de Caracas para venerar a San Juan era la de los padres capuchinos.

Con esa información no es imposible establecer, según los investigadores, una partida de nacimiento para el culto al San Juan Bautista capitalino, más allá de las miles de versiones imprecisas tejidas en la memoria colectiva a partir del testimonio transmitido de generación a generación.

Pocos imaginan que la fiesta del San Juan nació en la capital       Foto Marlon Zambrano

ÉPALE 420