Solterones

Por María Eugenia Acero Colomine @andesenfrungen  / Ilustración Justo Blanco

En el capítulo final de la novela Ifigenia de Teresa de la Parra, María Eugenia Alonso, protagonista del drama, decide no huir con su amante del yugo de sus tías. La joven prefiere casarse con el mecenas que salvaría a la familia de la bancarrota y asumirse como la vaca del pasaje mitológico: convertirse en el espíritu del sacrificio en beneficio de los demás. En esta obra el final no es feliz, pese a que el personaje principal termina casándose. Tampoco logra ser libre, y la opción de irse con su amante habría puesto a la joven en una condición de segundona y sin opción a una vida normal. La libertad de la soltería queda relegada a una ilusión perdida y la pobre protagonista pasa a convertirse en una esclava con marido.

Durante años, en el programa televisivo Radio Rochela, los personajes de Flora y Hortensia hacían lo indecible por lograr pescar a algún galán que lograra librar a estas mujeres de la soltería. La sola idea de quedarse solas representaba el oprobio; sin importar quien fuera el hombre que les cayera en la casa, debía ser cuestión de honor seducirlo para pasar, finalmente, a ser la “señora de”. San Antonio, lamentablemente, nunca logró concederles el favor a las divertidas y acaudaladas féminas: ambas quedaron en nuestro imaginario esperando, como Penélope, por un salvador de sus soledades.

En la famosa teleserie estadounidense de finales de los años 90, Seinfeld, cuatro amigos neoyorquinos en sus treintipico más bien parecen rehuirle al compromiso y, en medio de diversas anécdotas sobre sus insólitas cotidianidades, exaltan lo sabroso que es ser un soltero sin responsabilidades. Esta serie pudiera complementar el argumento de otra famosa serie de los años 90, Casado con hijos, donde más bien se expone los muchos tedios que acompañan al estado civil ideal, para muchos, y que no se suelen mostrar.

Es bien sabido que la institución del matrimonio viene de un intercambio comercial entre familias para garantizar la perpetuidad del capital. En algunas sociedades, ni siquiera hace falta tener un romance para contraer nupcias: los novios apenas llegan a conocerse el día del matrimonio, previamente acordado por ambas familias. Así que la historia de amor, si acaso se da, inicia luego de la boda.

Sin embargo, los cuentos de caballería penetraron en el inconsciente colectivo para hacer de la vida comprometida en pareja el culmen de los logros de un ser adulto. La industria del entretenimiento y las crónicas sociales pasaron a agregar su parte en el imaginario popular y, así, incluso en pleno siglo XXI, no escasean las doñas imprudentes que incurran en la preguntica, “Y el matrimonio ¿pa cuándo?”.

Es curioso que en nuestra sociedad actual tengamos el día del padre, de la madre, del niño, del adulto mayor, del perro callejero, de la puesta de Sol, de la crisálida del Oriente y hasta del orgasmo, pero nunca un día del soltero. El soltero representa un sector atractivo para la industria en los tiernos años de la edad adulta temprana, a los 20 años; pero una vez pisados los 30 o los 40, se difumina de nuestras creencias corrientes, pasando a ser una especie de personaje fracasado que no ha logrado el requisito social de haber formado familia. Sobre la base de esta presión social, muchas parejas corren a casarse por miedo a la soledad, teniendo como consecuencia el inevitable fracaso. Esta presión se ejerce, particularmente, hacia las mujeres.

Ahora bien, ¿es tan malo haberse quedado solo? Existen personas que deciden no casarse nunca y viven toda clase de experiencias y vivencias, pero no firman el papel. Otras, deciden volverse célibes para preservar sus energías y evitar contaminarse con los traumas de otros. Otras personas arriban a los 40 solos y descubren que les gusta más la vida así, sin rendirle cuentas a nadie y cultivando toda clase de gustos y aficiones para llenar su vida. Justamente, de este otro lado de la moneda no se suele hablar. Incluso, la productividad laboral de un soltero suele ser mayor que la de quienes tienen familia, ya que se trata de personas que cuentan con más tiempo para responderle a sus trabajos. Estos méritos, normalmente, no se visibilizan.

Sin embargo, el solo hecho de todo el consumo que una o un soltero adulto representa para la industria del entretenimiento ha hecho que los mismos medios hayan empezado a repensar la imagen del adulto libre. Así, surgen términos como los bachelor o bachelorette, que no son seres atrapados por la soledad y el fracaso, sino personas libres y apetecibles.

Es importante tener siempre en cuenta que la gran mayoría de nuestras creencias sobre la vida vienen de un sistema que nos empuja a consumir ideales para convertirnos en sus esclavos. El afecto es parte de ese catálogo de compra y quienes no entramos en el juego de oferta y demanda, fácilmente, nos volvemos amenaza para el sistema. El capítulo final de la novela de muchos de nosotros no nos encadena a nadie, y la libertad de elegir se convierte en nuestro sello. No es por nada, pero a los solteros libres y sin responsabilidades nos deberían dar también nuestro día para celebrar.

ÉPALE 368