Té de agua con burbujitas

Por Gustavo Mérida  / Ilustración Rosenvelt Collazos

La temperatura depende, entre otras cosas, de la dureza del agua. Agua, esa palabra (ahora, según José Roberto Duque, vocablo es una raya), o ese vocablo, empieza por a. Depende de la olla, también, la temperatura de marras. Por la misma letra empiezan los nombres de Aryenis y Alfredo. Hablando de Aryenis y Alfredo…

¿Qué son unos puntos suspensivos?

Una sonrisa, un destiempo, una esperanza.

Depende también de la olla. Ya lo escribí; solo lo reitero: es muy importante la olla. En algunas, las burbujitas de ebullición (otro paréntesis para ofrecer disculpas a las científicas), llamadas así por quien las mire, atento o atenta, imaginando que cada burbujita es un humano hablando, conspirando, sintiendo, teniendo conciencia. Hasta votando una se puede imaginar, ahí sola, frente a la máquina, siendo burbujita en ebullición.

Aryenis y Alfredo.

Una vez que usted ve esas burbujitas, puede decidir, por ejemplo, hacer café. El café, siempre, debe estar herméticamente cerrado. Piense en que usted va a abrir un pozo de agua, que está de moda. Así, como el agua de ese manantial que usted tiene que probar primero (medir su dureza, la cantidad de metales; usar la tecnología o la madera del guayabo para saber dónde perforar), así, más o menos, debe cerrar el café. Con el guayabo, o para el guayabo, hay un té. Prometí el té para arroparse hasta donde alcance la cobija, pero, como también está de moda, hay que esperar hasta después del domingo. Saldremos el lunes, en la otra publicación, con una crónica de lo que fue ese domingo que aún no llega. Tomemos, mientras, café.

EPALE393 

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